Fiesta: San Lorenzo, Diácono y Mártir
Sábado, 10 de agosto del 2024
Homilía: XIX Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B
Color: ROJO
- Primera Lectura. 2 Cor 9, 6-10: “El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará”.
- Salmo Responsorial. 111, 1-2.5-6.7-8.9: “Dichoso el que se apiada y presta”
- Evangelio. Jn 16, 24-26: “Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”.
“Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos”
La Iglesia nos invita hoy a celebrar el triunfo de San Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución maligna. Él era diácono de la Iglesia de Roma. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella, también, derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: “Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos”. Así lo entendió San Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó hasta en su muerte.
San Agustín en su Sermón 305 dice: “Escúchenme pues, granos sagrados, porque no dudo que muchos de ustedes lo son… Escúchenme, o mejor aún, escuchan en mí a aquel que, se nombró primero a sí mismo, buen grano. No amen su vida en este mundo. Si verdaderamente se aman, no amen así su vida y entonces la salvarán… “. «El que ama su propia vida en este mundo la perderá». Es el buen grano quien lo dice, el grano que fue echado en tierra y que murió para dar mucho fruto. Escúchenle, porque lo que ha dicho lo ha hecho. Él nos instruye y, con su ejemplo, nos enseña el camino. Cristo no estuvo agarrado a la vida de este mundo; vino a este mundo para despojarse de sí mismo, para dar su vida y retomarla cuando quisiera… Es verdadero Dios y verdadero hombre, hombre sin pecado para quitar el pecado del mundo, revestido de un poder tan grande que pudo decir con toda verdad: «Yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla» (Jn 10,18).
La imagen del grano de trigo es familiar al nuevo testamento. A través de ella, Pablo significa la transformación de los cuerpos en la resurrección final (1 Cor 15, 35-38). Jesús la utiliza en las parábolas del reino de los cielos (Mt 13, 3-ss; Mc 4, 26-29). Pero mientras que en la parábola del sembrador la semilla es la Palabra de Cristo, en Juan, en el contexto de la hora, el grano de trigo es identificado con el mismo Cristo. En esta pequeña parábola Jesús traduce el «es preciso» de la pasión motivándolo por el fruto que debe dar: el grano que muere no se queda solo, es decir, solitario, sino que produce otros granos, en abundancia; la glorificación se describe a través de esta multiplicación. Esto es lo que la palabra correspondiente en el v. 32, permite precisar: «y yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos los hombres a mí». En 4, 35, la «cosecha» designaba a los samaritanos que venían a Jesús.
San Lorenzo y tantos mártires en la historia de nuestra Iglesia han sido y son testimonio vivo de ser trigos molidos para el Señor.
(Guía Litúrgica)
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