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Homilías

Homilía: XVII Semana.  Tiempo Ordinario.  27 de julio del 2026

Domingo Vásquez

Color: VERDE

  • Primera Lectura. Jr 13,1-11: “Me compré el cinturón, según me lo mandó el Señor, y me lo ceñí”.
  • Salmo responsorial: Dt 32,18-19.20.21: “Despreciaste a la Roca que te engendró”.
  • Evangelio. Mt 13,31-35: “Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo”.

La Palabra de Dios de hoy parte de una imagen muy elocuente: un cinturón llamado a permanecer ceñido a quien lo llevaba, formando parte de él, pero que termina deteriorado, inútil y sin valor. No porque hubiera sido creado de esa manera, sino porque se alejó de su lugar, de su sentido y de la finalidad para la que fue hecho.

Ese es el mensaje que Dios dirige a su pueblo. Existía una relación de cercanía, pertenencia e identidad: «para que fueran mi pueblo, mi gloria». Sin embargo, el corazón se fue endureciendo, dejó de escuchar la voz del Señor y comenzó a buscar otros caminos y falsas seguridades. Al apartarse de Dios, perdió su fuerza, su sentido y su fecundidad.

El salmo lo expresa con gran claridad: olvidar a Dios es olvidar el origen, la raíz y la fuente misma de la vida. Cuando esto sucede, el corazón se desorienta, se vacía y termina apoyándose en «ídolos» que prometen seguridad, pero que son incapaces de sostener la existencia. No se trata solo de una ruptura exterior, sino de una profunda pérdida interior.

Sin embargo, el Evangelio abre un horizonte de esperanza. El Reino de Dios continúa actuando, incluso en medio de la fragilidad humana. Es como una semilla pequeña, casi imperceptible, o como la levadura que transforma silenciosamente toda la masa. Aunque el corazón esté herido o debilitado, Dios sigue sembrando, sigue obrando y continúa transformando la vida desde dentro.

Aquí encontramos una enseñanza fundamental: aunque el ser humano se aleje, Dios nunca deja de actuar. Su Reino no depende de la perfección de las personas, sino de la fidelidad de Dios. No obstante, necesita un corazón dispuesto a dejarse tocar por su gracia, a volver a su lugar, a reencontrar el verdadero sentido de su existencia y a abrirse nuevamente a su amor.

En este camino de santidad que recorremos como Iglesia, el Señor nos invita a revisar nuestra relación con Él. La sinodalidad nos llama a caminar juntos, a sostenernos mutuamente para no perder el rumbo, a permanecer unidos a la fuente de la vida y a cuidar aquello que realmente es esencial.

Hoy el Señor nos dirige una pregunta silenciosa, pero profundamente interpelante: ¿estamos permaneciendo unidos a Él o nos estamos alejando poco a poco? La vida pierde su verdadero sentido cuando se separa de Dios, pero vuelve a florecer cuando se deja renovar por la fuerza transformadora de su presencia.

Y aunque los comienzos parezcan pequeños, como una semilla, si permitimos que Dios actúe en nosotros, su obra crecerá silenciosamente, dará fruto abundante y transformará nuestra vida y la de quienes nos rodean.

(Guía Litúrgica)

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