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Reflexionando la palabra
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Homilías

Homilía: Señor, enséñanos a orar

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Hay una pregunta que los discípulos nunca le hicieron a Jesús. No le preguntaron cómo multiplicar panes, ni cómo caminar sobre el agua, ni cómo callar a los fariseos. Le hicieron una sola petición: «Señor, enséñanos a orar».

Y es que lo habían visto rezar. Habían notado que, después de esos ratos a solas, Jesús volvía distinto. Querían eso. No la técnica: la fuente.

Padre

La respuesta de Jesús empieza con una palabra que lo cambia todo: Padre. No «Señor del universo», no «Juez eterno». Padre. Toda la novedad cristiana cabe en esa primera palabra.

Nos cuesta creerla. Seguimos rezando muchas veces como quien presenta una solicitud en una ventanilla, con la sospecha de que quizá no nos toque. Jesús nos enseña a rezar como quien entra en su propia casa.

El amigo inoportuno

Después viene la parábola del que llama a medianoche pidiendo tres panes. El vecino está acostado, con los niños dormidos, y no quiere levantarse. Pero acaba levantándose. Jesús concluye: si un vecino molesto acaba cediendo, ¿cuánto más el Padre?

Ojo: la parábola no dice que Dios sea el vecino refunfuñón al que hay que insistir hasta agotarlo. Dice justamente lo contrario. Es un argumento de menor a mayor. Si hasta lo peor de lo humano termina abriendo la puerta, imagina lo mejor de lo divino.

El don que no esperábamos

Y llega la frase que suele pasar desapercibida. Jesús no promete que recibiremos lo que pedimos. Promete algo distinto:

El Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan.

Ahí está la clave. Muchas veces salimos de la oración diciendo «no me ha escuchado», cuando lo que ocurre es que hemos pedido monedas y nos están ofreciendo la casa entera.

Rezar no es cambiar el plan de Dios. Es dejar que Dios cambie el nuestro. Quien reza de verdad no siempre obtiene lo que pidió; siempre sale con más de lo que traía.

Esta semana

Propongo algo sencillo. Rezar el Padrenuestro despacio, una sola frase al día. Lunes: «Padre nuestro». Martes: «hágase tu voluntad». Y así. Que no sea una fórmula recitada de memoria, sino una conversación que se va abriendo.

Porque al final, hermanos, no aprendemos a orar leyendo sobre la oración. Aprendemos rezando. Como se aprende a caminar: caminando, y cayéndose unas cuantas veces.

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