Homilía: XX Semana. Tiempo Ordinario. 18 de agosto del 2026
Martes, 18 de agosto del 2026
Color: VERDE
- Primera Lectura. Ez 28,1-10: “Con agudo talento de mercader ibas acrecentando tu fortuna, y tu fortuna te llenó de presunción”.
- Salmo responsorial: Dt. 32,26-28.30.35cd-36ab: “Yo doy la muerte y la vida”.
- Evangelio. Mt 19,23-30: “Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos va a tocar?”.
“Cuando lo imposible para el hombre se vuelve posible para Dios”
Hoy, 18 de agosto, nuestro corazón recibe una nueva oportunidad para volver a Dios, sabiendo que Cristo es el camino.
El Evangelio de hoy nos ofrece una profunda enseñanza. El encuentro del joven rico con Jesús y su posterior alejamiento ante las exigencias del discipulado brindan la ocasión propicia para que el Maestro reflexione sobre las riquezas.
En este pasaje encontramos la célebre imagen del camello y el ojo de la aguja. Más que de una simple dificultad, el proverbio habla de una imposibilidad radical, y así lo entienden los discípulos. El ser humano, por sus propias fuerzas, está tan imposibilitado para alcanzar la salvación como un camello para pasar por el ojo de una aguja. Si esto se señala de modo especial para el rico, es porque suele depositar su confianza en sus propios medios. Nuestra única posibilidad ante el Reino proviene del poder de Dios y de su acción salvadora, en consonancia con los pasajes que nos recuerdan la necesidad de nacer de nuevo, de la fe y de la oración.
La advertencia de Cristo causó gran asombro entre los apóstoles, quienes se preguntaban desconcertados quién podría entonces salvarse. Sin embargo, Cristo nos da la respuesta: lo que es imposible para las fuerzas humanas, Dios lo hace posible.
Se trata de palabras exigentes que conectan directamente con el Sermón de la Montaña (cf. Mt 6,24-34) y que no debemos suavizar ni despojar de su verdadero sentido. Jesús afirma con claridad lo difícil que resulta para un rico entrar en el reino de Dios. Al referirse al «rico», el texto no alude solo a la cantidad de posesiones ni únicamente a quien ha hecho del dinero su dios por codicia. El «rico» es también aquel que atesora muchos bienes y permite que estos condicionen y dirijan su vida. Un corazón así, nos advierte Jesús, camina al borde de la perdición y necesita urgentemente de la gracia divina.
Solo en Dios se halla nuestra salvación; por ello, no debemos poner una confianza absoluta en nada terrenal. Él es nuestra única y verdadera riqueza. Bien lo decía san Agustín: «Toda riqueza que no es Dios, es pobreza». Busquemos esa joya inestimable en la Palabra, en la oración y en los sacramentos: allí habita nuestro verdadero Tesoro.
(Guía Litúrgica)
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