Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo A. 4 de junio del 2026

Color: VERDE

  • Primera lectura: Os 6, 3-6: Quiero amor y no sacrificios; conocimiento de Dios…
  • Salmo Responsorial: 49, 1.8.12-15: No te reprocho por tus sacrificios.
  • Segunda lectura: Rom 4, 18-25: Cuando ya no había esperanza, siguió esperando.
  • Evangelio: Mt 9, 9-13: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.

Neptalí Díaz Villán

A la entrada de cada pueblo o ciudad se ubicaban los recaudadores de impuestos. El imperio romano vendía el puesto por determinado monto de dinero según el movimiento comercial. El recuadador se esforzaba, primero por cubrir el monto para cumplirle al imperio y segundo para llenar sus bolsillos, pues lo que recogiera de ahí en adelante era para él. La vida de los recaudadores era de una holgura económica bastante notoria y escandalosa frente a la miseria de tanta gente a la que le quitaban lo poco que tenían. Eran unos personajes que se habían ganado el odio de todo el pueblo; cuando pasaban por las calles les gritaban improperios y los escupían. No se les permitía entrar en las sinagogas, nadie podía visitarlos o aceptar que pisaran las puertas de su casa, so pena de quedar impuros. Lo único que los mantenía era su ansia de dinero y las fuerzas de la ocupación, los soldados romanos, que intervenían de inmediato en caso de algún desorden o protesta ante semejante ignominia.

La escena que contemplamos en el evangelio de hoy nos presenta a Mateo (Leví), uno de los tantos publicanos o recuaudadres de impuestos que tenía Israel. Estaba sentado, es decir, acomodado, instalado, tranquilo y conforme con su puesto. Jesús, que anunció la Buena Noticia a los pobres, no excluyó a este recaudador enriquecido a expensas de la miseria de la gente. Para él también era la invitación, para él también era el Reino. “Sígueme”, le dijo. Jesús lo invitó a desinstalarse, a incomodarse, a dejar el puesto que le producía buenos dividentos e ir tras otros valores. Lo invitó a darle otro sentido a su vida, a cambiar su mesa que le garantizaba buenas ganancias con el sudor de los pobres y ofrecer una mesa abierta para compartir con el prójimo. Creyó en él y en su capacidad para hacer algo diferente, en su capacidad de cambio, de conversión, de humanización.

Y Mateo lo escuchó, se levantó y lo siguió, es decir, se desinstaló, se incomodó, abandonó su puesto, su lógica colaboraconista con el imperio y traicionera con su pueblo, y acogió el camino de Jesús. Ahí podemos afirmar que hubo un verdadero proceso de conversión porque cambió totalmente su vida, gracias a la acción misericordiosa de Jesús, el rostro humano de Dios.

Lo que no lograron los fariseos con su lógica de exclusión y condena, lo logró Jesús con su amistad, con su apertura mental y espiritual, con su actitud generosa al invitarlo a su seguimiento y al compartir su mesa con él. Jesús creyó en la bondad y en el inmenso anhelo de amor y felicidad que se escondían en este hombre egoísta, desgraciado e infeliz, odiado y despreciado por todos. Mateo por su parte supo aprovechar esa preciosa oportunidad brotada del corazón generoso de Jesús e inmediatamente lo abandonó todo y lo siguió. De Mateo no se resalta que fuera publicano o recaudador de impuestos. Se resalta su chispa para descubrir en ese momento la gran oportundad para cambiar su vida y su decisión para hacerlo inmediatamente y dejar atrás todo lo que le impedía seguir al maestro y ser hermano de los demás.

Por su parte, los miembros de la comunidad de los puros, es decir, los fariseos, criticaron la acogida generosa de Jesús a los publicanos y pecadores. Aquel que aceptaba a un publicano era declarado traidor y enemigo del pueblo judío. Los alimentos comprados por el recaudador tenían una procedencia muy sucia, porque eran fruto de la explotación y la miseria de muchos pobres. Para los fariseos era claro que Jesús se había ensuciado al sentarse a comer con ese “perro publicano” y al invitarlo a formar parte de su grupo discipular.

Pero Jesús no se unió a sus prácticas injustas ni buscó favores de ellos. Se hizo su amigo, para que se sintieran aceptados como personas y para invitarlos a la conversión. Una pedagogía totalmente distinta: menos rígida y muy escandalosa para la ortodoxia farisea, pero más efectiva.

No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos, no tienen necesidad de conversión los justos, sino los pecadores. ¿Acaso los fariseos eran totalmente sanos y santos? ¿Hay alguien que se atreva hoy a tirar la primera piedra? Bajo el ropaje de puros con el que se cobijaban los fariseos, se escondía el orgullo religioso, una misericordia vaporosa (como la que describe Oseas) y un ritualismo vacío. En el fondo nadie es puro totalmente, nadie en esta vida puede decir, que ha llegado a la madurez total de la fe y que no necesita convertirse. Quien niegue su debilidad humana, su falla, su pecado, se cierra al perdón de Dios. No es que Dios prefiera a los que cometen muchos pecados, es que creerse santo es vivir en la mentira, creer que sólos somos capaces de vivir en santidad sin la ayuda del Espíritu es un engaño.

El fariseo de ayer y de hoy no encuentra pecado en sí mismo, porque cumple los códigos religiosos: normas, ritos, tradiciones, etc. Pecador, para el fariseo, es sinónimo de rompimiento de los códigos religiosos. A él no le interesa tanto la relación con las demás personas sino la propia imagen de sentirse cumplidor y la apariencia exterior. En el fondo el fariseo no necesita del perdón de nadie: se basta él para justificarse a sí mismo o el esfuerzo de su voluntad para que, de nuevo, la norma, la idea, la práctica le salve. El fariseo siente que pertenece a una especie de casta pura, totalmente distinta al común de los mortales. Si nuestra vivencia básica es la de deudores o la de vulnerables  a las caidas, a la infidelidad, al pecado, a la corrupción, nos sentimos cercanos a la mayoría de la humandiad y necesitados de Dios. El fariseo no se cree deudor de nadie y se cree poseedor de muchos bienes espirituales. Cosifica a Dios y la experienencia de fe y pretende apropiarse de ella.

El fariseo no deja de mencionar a Dios y cree que está en sus caminos, pero en el fondo está realmente lejos de Él. Es fiel a su oración y se ufana de hacerlo, pero en ésta se impone la fórmula al sentimiento, lo formal a lo verdadero, es más rezador que orante. La oración no se vive como una experiencia de fe de una persona frágil que necesita de Dios para ser mejor ser humano y fiel imagen de su creador, sino una contemplación de sí mismo: “gracias por ser como soy…. Porque que no soy como los demás…” El fariseo cae en la tan arcaica y vigente tentación de pretender ser como dioses (Gen 3,4). Su ego será su Dios.

A la luz de estas reflexiones, revisemos nuestra fe. Mateo era marginado por pecador. Hoy existen también marginados: protitutas, desplazados, homosexuales, portadores del VIH, negros, indígenas y otros que son discriminados o que discriminamos de nuestra comunión por nuestra mentalidad farisea. Misericordia quiero y no sacrificios, afirmó Jesús haciendo alusión al profeta Oseas (primera lectura – Os 6,3-6). Jesús no está en contra del culto, sino del culto vacío. No está en contra de la búsqueda de la pureza, sino de la mera pureza ritual y mentirosa. No está en contra de lo estético y lo poético, sino de las solemnidades frías, elitistas y excluyentes. No está en contra de la religión como tal, sino de aquella religión cuyo misticismo hierático pasa por alto al ser humano y el amor fraterno, pues el encuentro con Dios pasa necesariamente por el encuentro con el hermano. Si el compromiso con una vida digna y justa está ausente de los signos sacramentales, estos se convierten en gestos vacíos y en ritualismo engañador, escudos para proteger la mediocridad humana y la complicidad con la injusticia.

Nuestros ritos y signos sacramentales son verdadero culto a Dios si lo conocemos en lo profundo de nuestra humanidad y nos convertimos en personas compasivas y misericordiosas. ¿Qué tipo de fe tenemos? ¿Tenemos algo de fariseísmo? ¿Tenemos la actitud decidida de Mateo para levantarnos y abandonar todos lo que nos ata a una vida egoísta y vacía de sentido, y para ser auténticos discípulos?

Señor Jesús, gracias porque hoy como ayer sigues pasando e invitando a seguirte. Hoy nos sentimos llamados por ti; sentimos que en medio de nuestra fragilidad humana, de nuestro pecado, nos llamas a caminar contigo, a buscar juntos la verdad, la vida auténtica, la plenitud. Danos la fuerza de tu Espíritu para tener la valentía de dejar atrás todas las falsas seguridades, todos los apegos, los miedos que nos hacen llevar una vida mediocre, estática y encadenada.

Danos la fuerza para cambiar de mesa. Para convertir nuestras mesas en lugares de encuentro, de compartir, de solidaridad. Danos la gracia de comer nuestro alimento en paz y serenidad, sabiendo que con nuestro trabajo honesto no le quitamos el pan a los pobres, sino que, por el contrario, contribuimos con un mundo más justo y humanizado.

Danos un corazón misericordioso como el tuyo. Que no caigamos en actitudes fariseas, de autosuficiencia, orgullo religioso, exclusión y condena a quienes son vistos como pecadores. Danos la humildad para reconocer nuestras fallas y para sentirnos constantemente invitados a la conversión. Amén.

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