Tiempo de Cuaresma. IV Semana
Miércoles, 18 de febrero del 2026
Color: MORADO
VI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 15 de febrero del 2026
- 1ra lect.: Dt 18, 15-20: Conviértanse al Señor, su Dios.
- Salmo: 50,3-4.5-6a.12-13.14 y 17: “Misericordia, Señor, hemos pecado.
- 2da lect.: 1 Cor 7, 32-35: Ahora es tiempo de gracia y salvación.
- Evangelio: Mc 1, 21-28: Limosna, oración y ayuno.
“Pero yo les digo”
Fundamentados en la filosofía griega, durante mucho tiempo la Iglesia defendió la idea de que había una especie de dos mundos: uno arriba y otro abajo. El de arriba es el de Dios, el de abajo es del hombre. El de arriba es trascendente, puro, perfecto, bello, bueno, etc. El de abajo es caduco, imperfecto, tendiente a la corrupción, necesitado de la iluminación de Dios. Por eso Dios promulgó la Ley, y el ser humano, debía ajustarse a ella si quería vivir bien y llegar al piso superior, a ese mundo trascendente donde Él habita. Si alguien veía que en la Ley de Dios se encontraban algunos puntos incomprensibles, difíciles de cumplir, pues, como se dice en algunas partes: ¡de malas! Porque así son los mandamientos de Dios, punto.
La Ley, y en general la Sagrada Escritura, eran presentadas como un dictado de Dios para que el ser humano cumpliera su voluntad. Además, con la visión de un Dios a imagen y semejanza de la organización sociopolítica del momento. Como prevalecían las monarquías pues se presentó a un Dios monarca, sentado en su trono que dictaba leyes a su antojo para que los súbditos obedecieran.
La moralidad, es decir, el obrar humano de cada día, estaba regido por la Iglesia y así continuo más tarde, cuando se dio la división entre Iglesia Ortodoxa e Iglesia Católica y en occidente con la reforma protestante; las Iglesias cristianas de diferentes denominaciones continuaron siendo las adalides de la moral. Estas instituciones eran quienes decidían qué estaba bien, qué estaba mal, qué era o no era permitido, supuestamente fundamentadas en la Ley de Dios.
Se trataba de una moral heterónoma, es decir, venida de fuera, impuesta desde arriba. Una moral ante la cual los seres humanos no les quedaba otra alternativa que someterse a ella si querían entrar en la vida, si querían ir al cielo. Se trataba de una moral de preceptos y prohibiciones con una presión constante: “si no la cumples cometes pecado y te condenas”. La moral estaba en la fe de que Dios era un juez justo, imparcial e insobornable y daba el premio o castigo eterno.
Pero este sistema se ha ido cayendo. La modernidad fue quitando a Dios y, en un primer momento, la gente en cierta medida se quedó sin una fuente moral, porque se había acabado el temor y la moral descansaba en el temor a Dios. La muerte sociológica de Dios, hizo que los hombres se sintieran “libres” de él. “Si Dios ha muerto, todo está permitido”, se solía decir. Este proceso generó una crisis en la sociedad y, por supuesto, en las iglesias cristianas de diferentes denominaciones, incluida la católica.
Quitado Dios, como fuente de moralidad, el ser humano es el que establece el bien y el mal, lo justo y lo injusto. De esta manera se pasó de una ética religiosa a una ética civil. A esto se le llama el secularismo. Kant decía que el ser humano llega a ser adulto cuando piensa por sí mismo y pasa de moral heterónoma a la moral autónoma. Por eso propuso la autonomía como único principio de la moral.
Durante mucho tiempo en escuelas y colegios no se educaba en la ética sino en lo religioso. La materia de religión se llamaba Educación religiosa y moral. Ahora en las escuelas, colegios y universidades la ética es parte del pénsum. Con la modernidad el mundo cambió radicalmente. Del autoritarismo, el imperialismo, la obediencia ciega y el sometimiento se pasó a la racionalidad. Se acabaron los imperios, las monarquías absolutas y aparecieron las repúblicas, las democracias, los derechos humanos. De la moral heterónoma, exterior, superior, preestablecida por Dios desde arriba, de obligatorio cumplimiento y opresora se pasó a una moral autónoma: “Actúa como si fueras al mismo tiempo legislador y súbdito”. (Kant)
En esta sociedad secularizada gran parte de la humanidad de hoy vive de espaldas a la moral religiosa, heterónoma. Organiza su vida sencillamente como cree conveniente, con criterios ajenos a los “mandatos de Dios”.
No obstante, muchos creyentes no tienen problema en seguir aceptando la visión premoderna y medieval, la moral heterónoma: Dios lo manda y punto, así debe ser. Es más, hoy por hoy hay un resurgimiento de grupos neoconservadores que defienden contra toda evidencia científica que el relato de la creación del Génesis fue un hecho histórico. Hay quienes afirman que el mundo tiene 6 mil años de creado y que en algún momento serán arrebatados y llevados al cielo por una fuerza divina.
Como consecuencia de todo este revolcón hay también un buen número de creyentes que ven a Dios como un elemento más de autoayuda, para tener éxito en la vida, para que les vaya bien, totalmente alejados de compromisos éticos. Hay otros creyentes confundidos que no saben qué hacer ante las tendencias actuales: la ideología postmoderna del “todo está permitido – siempre y cuanto te sientas bien -”, lo que dice la Escritura o lo que afirman algunos documentos de la Iglesia, así como con los sermones de los predicadores en los cuáles no hay un solo criterio.
Pero esta crisis, lejos de acabar con la vida de fe, por el contrario, nos ha impulsado a purificar muchos elementos de nuestra religiosidad. Nos ha impulsado a ir a las fuentes, a estudiar el desarrollo histórico de la moralidad tanto en la Biblia como en la tradición y a encontrar elementos riquísimos que siguen y seguirán siendo inspiración para vivir bien. Veamos:
Remitiéndonos a los orígenes descubrimos que las religiones han ayudado al ser humano a encontrar normas de convivencia, leyes que le ayudan a poner límites a muchos abusos y a defender los derechos de las personas. Estas leyes han sido emitidas, según la experiencia religiosa, en nombre de Dios, de los dioses, de los maestros, de los profetas o de otros personajes representativos de dichas religiones. Todas las religiones tienen códigos éticos que buscan hacer más llevadera la vida y abrir espacios para la realización humana. Para darle autoridad y seguridad a esas leyes se les ha dado un carácter sagrado e intocable. Así que nadie puede cuestionar esas leyes porque son dadas por la divinidad.
En la cultura judía el código ético, resumido en los 10 mandamientos, representó un avance grandísimo en medio del desorden vivido por los diversos grupos humanos que confluyeron en las montañas de Judea, en los albores de Israel como pueblo. Eran normas mínimas que buscaban la convivencia pacífica de manera que todos pudieran vivir dignamente.
La posterior elaboración y promulgación de la Ley comprendida en los libros del Éxodo, Números, Levítico y Deuteronomio buscaba, de igual manera, proteger la vida humana, enriquecerla y dignificarla, según la problemática, las necesidades y las expectativas del contexto socio-histórico.
Hoy sabemos por los estudios bíblicos que en la elaboración de dichos libros participaron varias escuelas literarias, cada una con sus ideologías, sus convicciones, su experiencia de Dios y sus intereses. Desde la fe decimos que Dios inspiró a los escritores sagrados, que Él metió su mano en todo el proceso del Éxodo y en la consolidación del pueblo con su territorio y su Ley, para ayudarlo a vivir dignamente.
Conociendo el contexto en el que nació la Ley, podemos comprender mejor su riqueza y tenerla como continua fuente de inspiración en nuestro camino de fe. Hoy sabemos que la Ley no surgió como un dictado de Dios para la humanidad. Hoy sabemos que Dios no es un monarca que dicta leyes para que los súbditos las obedezcan. Hoy sabemos que Dios se ha ido revelando en la historia de distintas formas, en distintos pueblos, en distintas tradiciones y siempre a favor de la vida, de una vida digna para el ser humano. Hoy sabemos que “la Biblia no cae sobre el pueblo de Israel como un meteorito fulgurante que le proporciona las enseñanzas como salidas directamente de la boca de Dios. Más bien es la elaboración de un pueblo que refleja su caminar histórico, su modo de relacionarse y creer en Dios y las consecuencias que de ahí saca para organizar su convivencia y establecer sus relaciones con los demás pueblos.”
En toda su historia la humanidad ha sido testigo de que en nombre de Dios, protegidos por un manto sagrado y supuestamente siendo muy fieles a sus preceptos se pueden cometer los peores crímenes. Hoy sabemos que la Ley fue surgiendo para defender la vida, para hacerla más llevadera, para promoverla y dignificarla. Ese es el sentido de la Ley, ese es el espíritu de ella.
Para darle seriedad, contundencia y seguridad a los procesos se dio ese tinte sagrado e incuestionable. ¡Claro! Porque no se puede estar cambiando las leyes como cambiar de vestido. Los seres humanos merecemos respeto. No cualquier despistado, porque no le guste una ley o porque ella se opone a sus aspiraciones egoístas, tiene la autoridad para cambiarla a su antojo. Infortunadamente eso se ha dado en la historia civil o religiosa y ha causado estragos en los pueblos.
Pero también vale la pena tener en cuenta que los tiempos van variando, y con él, las situaciones que afectan al ser humano. Las ciencias van descubriendo realidades antes desconocidas, los tabúes van cayendo, los paradigmas van cambiando. Aparecen nuevas enfermedades, nuevas problemáticas, nuevas ideologías, nuevos fenómenos o renacen ideas y experiencias que se creían superadas, pasadas de moda o ya olvidadas.
En la misma revelación bíblica encontramos transformaciones; en la Ley, en los profetas, en los libros sapienciales, en el Primero o en el Nuevo Testamento, la misma experiencia de Dios ha tenido sus variaciones a lo largo de la historia de la salvación por ejemplo:
En el libro del Levítico (24,19-21) se habla del “ojo por ojo, diente por diente…” Pero en el fragmento que compartimos hoy en la primera lectura dice otra cosa: “No te vengarás y no guardarás rencor a los hijos de tu pueblo; sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo…” (19,1-2.17-18).
En el libro del profeta Elías ante el acoso de los pueblos vecinos y sus deidades que amenazaban la estabilidad del pueblo, se combatió a los dioses extranjeros, especialmente a las múltiples advocaciones de Baal, señor de vida en el panteón de Canaán, lucha manifestada en mayor medida en el reino del Norte particularmente bajo el dominio de la dinastía de Onrí.
Pero cuando los cultos cananeos no representaron peligro, la lucha se desplazó en dirección a los dioses imperiales de Asiria y Babilonia. Issur, cuyo símbolo era el árbol de la vida, pues era el Dios de la vida vegetal (de ahí la prohibición de comer del árbol de la vida, del conocimiento del bien y del mal del que habla el libro del Génesis), se convertiría más tarde en un dios guerrero identificado con el sol. La diosa Isthar, diosa del amor, de la guerra y de la fecundidad. Marduk y otras deidades que representaban una amenaza para la identidad del pueblo y su deseo de vivir en independencia y libertad.
Vemos entonces, que la lucha de los profetas no era contra las otras deidades como tal, sino en tanto que ellas eran el símbolo de los imperios que acosaban a Israel y lo amenazaban constantemente, lógicamente cuando nos sentimos amenazados nos defendemos, y la experiencia de Israel fue muy particular en este sentido. Los israelitas vivieron continuamente amenazados por los extranjeros y a su vez cuando tuvieron el poder en el tiempo de David se convirtieron en una amenaza para los demás pueblos, como fue el caso de los moabitas, a quienes David invadió y les cobró tributo.
Hasta ese momento Dios era tenido como el Dios de Israel y no más. Como un elemento de defensa de su identidad y dignidad, los dioses extranjeros eran presentados como ídolos y la Palabra de Dios solamente era para los judíos. Pero más adelante los profetas Isaías (66,18-21) y Jonás, así como los salmistas (117-116), aunque siendo muy celosos de la identidad religiosa, ampliaron el horizonte y mostraron a un Dios abierto a toda la humanidad, a toda raza, lengua, pueblo y nación. Incluso el profeta Jonás fue enviado por Dios a Nínive, que simboliza a antigua ciudad de un clásico imperio enemigo de Israel.
Por su parte, Jesús no fue un loco o un político enfermizamente obsesionado por el poder a quien se le ocurrió cambiar la Ley a su antojo; bien claro lo vimos en el Evangelio de hace 8 días: “No piensen que yo vine a desvirtuar la Ley y los Profetas. No vine a desvirtuarlos sino a darles todo su valor” (Mt 5,17). Él, seguido luego por su movimiento de discípulos y discípulas, se ubicaron en la historia de salvación, con una profunda experiencia de Dios, un gran conocimiento de la humanidad y los cambios que ésta necesitaba para vivir dignamente, ellos se atrevieron a lanzar una propuesta que se mantenía fiel al espíritu de la Ley, pero con variaciones necesarias para ese momento histórico.
Sin desvirtuar el espíritu de la Ley, Jesús se comportó enteramente libre frente a ella y obró de una manera autónoma, aunque siempre muy unido a Dios Padre dador de vida. Y en el discurso de las Bienaventuranzas, que compartimos en estos domingos, leemos la famosa frase: “Se ha dicho… pero yo les digo”. Se trata de una afirmación muy grave que no se pude decir simplemente por un momento de efervescencia y calor; sino sólo después de una profunda vivencia, de un profundo conocimiento de Dios y de las realidades humanas. Se trata a su vez de algo muy necesario, pues la humanidad con el mundo va en continua evolución y transformación.
De esta manera Jesús anuló la Ley como código ético de obligatorio cumplimiento porque sí, porque Dios lo ordena desde arriba y punto: “Anuló la ley religiosa, es decir, la dejó sin efecto y, lo que es más importante, hizo que la violación de la ley produjera el efecto contrario; por ejemplo al tocar a los enfermos, leprosos y cadáveres; porque como es sabido en estos casos, en lugar de producirse la impureza que preveía la ley, lo que sucede es que el contacto con Jesús produce salud, vida, salvación”.
Para Él estaba claro que no era suficiente el cumplimiento estricto de la Ley. Por eso dijo: “si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos” (Mt 5,20s). Por eso cuestionó la subordinación de la mujer frente a la Ley y la hipocresía de quienes la manipulaban y se escudaban en ella para disimular y justificar sus incoherencias: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra” (Lv 20,10s Vs Jn 8,1-11).
Algunos alimentos eran prohibidos por la Ley porque en su tiempo representaban o eran vistos como un peligro debido a las condiciones de insalubridad. Pero los rabinos con una gran mediocridad intelectual y pobreza espiritual habían convertido la Ley en un arma mortal contra el mismo pueblo, en un problema más sumado a los múltiples problemas que padecían por las condiciones históricas.
Jesús en vez de poner la pureza en lavarse las manos hasta el antebrazo o en dejar de comer ciertos alimentos, propuso que la verdadera impureza estaba en las actitudes malévolas que brotan del corazón: “Escuchen y entiendan: Lo que entra por la boca no es lo que hace impura a la persona, pero sí mancha lo que sale de su boca” (Mc 7,15 / Mt 15,11).
Todos los sábados era obligatorio descansar porque Dios descansó (Ex 20,8-8) y en conmemoración de la liberación de Israel (Dt 5,12-15).
El Sábado era un día de fiesta por la alegría que representaba contar con la presencia la presencia de Dios (Os 2,13; Is 1,13; Lev 19,3; 26,2; Num 28,9; Ex 35,2). Era el día de la asamblea comunitaria (Lev 23,3), tiempo para consultar a los profetas, (2Re 4,23) y para las reuniones de familia y amigos (Ex 20,10; Dt 5,15). Era un espacio para la vida. Cabe anotar que la Ley del Sábado fue en sus orígenes un mecanismo del pueblo para exigir descanso, a fin de vivir dignamente y dedicar tiempo para el culto (Ex 34,21 y Lv 23 14).
De manera que el Sábado había nacido como Ley de libertad, pero las autoridades religiosas lo habían convertido en un elemento más para oprimir. Jesús no se opuso al Sábado como práctica liberadora sino a la forma como se manipulaba y se ponía en contra de la vida. Por eso aunque el Deuteronomio lo prohibía (23,26) en una ocasión que sus discípulos pasaban por un sembrado y tenían hambre, permitió que ellos cogieran espigas, las trillaran con las manos y se las comieran (Mc 2,2-23).
Es claro que Jesús no rechazó sin más la Ley y las costumbres porque le daba la gana. Los evangelios lo muestran en varias ocasiones cumpliendo la Ley y orando en las sinagogas (Mt 4,23; Mc 6,2; Lc 4,15; Jn 18,20), pero aclaró que el Sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el Sábado (Mc 2,27), y dijo que el Hijo del hombre era Señor del Sábado (Mt 12,8). Tuvo, como dijo Schillebeeckx, una admirable libertad para hacer el bien y fue como afirmó Bof, el liberador de la conciencia oprimida.
En el fragmento del Evangelio que compartimos hoy volvemos a escuchar el: “Saben que está mandado… Pero yo les digo”. En este fragmento descubrimos que Él confía en la capacidad que tiene el ser humano para la conversión y para vivir como auténtico hijo de Dios: perdón en vez de venganza y amor, incluso a los enemigos en vez de odio.
En lugar de la Ley puso la exigencia del amor. Ese fue el mandamiento supremo sin el cual los demás no tenían sentido (Mc 12,28-34). El amor es el que hace posible la perfección, el llamado universal a la santidad a imagen de Dios Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos, sobre justos e injustos. Se trata del amor a Dios y a los demás seres humanos, a todos los seres humanos, más allá de los límites de grupo, etnia o nación; más allá de los que me aman, es más, incluyendo a los enemigos, a aquellos que según nuestra manera de juzgar no merecen nuestro amor e incluso merecen el desamor, el odio.
Claro que aquello de no poner resistencia, poner la otra mejilla, dar al que pida, amar hasta a los enemigos y orar por quienes nos persiguen, no significa permitir que acaben con nuestra vida, significa romper el mal desde dentro y no dejarse contaminar por el odio que envenena el alma.
En este sentido, hay veces que se hace necesario tomar medidas fuertes respecto a personajes que amenazan la vida, si es el caso y se tienen las herramientas, se debe acudir la cárcel u otro tipo de sanción, pero nunca movidos por la venganza, sino por defender la vida. Se trata de una invitación contundente por la no violencia que tan buenos frutos dio en personajes conocidos como Gandhi, Luther King, Mandela, entre otros.
La propuesta de Jesús es un amor universal que exprese el amor de Dios Padre y Madre que ama a sus hijos sean buenos o malos. Ser perfecto como Dios es perfecto, es dar amor sin límites que posibilite romper con la lógica del mal y ayude a construir una humanidad distinta a la fundada en la ley del Talión. Una sociedad fundada en la justicia, en la solidaridad y el amor.
La moral que propone el Evangelio no se funda en normas heterónomas sino en una invitación a amar. No se trata simplemente de evitar el mal porque podríamos caer en la indiferencia y en la complicidad con la injusticia. Podríamos caer en el miedo a hablar y a denunciar para evitar problemas. Se trata de darlo todo para hacer posible una humanidad nueva. Y si se ganan enemigos por defender la vida y por amar efectivamente buscando la justicia, pues esto es signo de fidelidad al proyecto de Jesús. El discípulo ha de orar por ellos y pedir la fuerza a Jesús para no dejarse inundar por el miedo, por el odio y los deseos de venganza. Pero nunca renunciar al amor primero, a la búsqueda de la justicia del Reino.
Hasta aquí no todo se ha dicho. Vale la pena seguir reflexionando sobre la moral en muchos campos y para nosotros como discípulos de Jesús es fundamental su Palabra, su testimonio, su vida, su espiritualidad, su fe, su actitud ante la moral. Necesitamos también un profundo conocimiento de la realidad, de las ciencias, de todo lo que compete al ser humano. Necesitamos una mística y espiritualidad profundas, enraizadas en el amor a Dios, a los hermanos, a todo tipo de vida, a todo el mundo incluido el cosmos y el caos que se ve en estos tiempos. Necesitamos descubrir en qué momento y ante qué circunstancias, siendo fieles al espíritu de la Ley, siendo fieles al Espíritu de Jesús y su Evangelio tendremos que decir: “se ha dicho… pero hoy honestamente decimos…”
Y para esto, como bien lo afirma Benjamín Forlanco: “La Iglesia católica enseña que Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio van entrelazados, pero la Sagrada Escritura es la fuente primaria de la cual beben la Tradición y el Magisterio. Obviamente, es tarea de la Iglesia transmitir la enseñanza de la Escritura. Pero esa transmisión se perfecciona gracias a que aumenta la comprensión de las cosas y nunca llega a su plenitud.”
De manera que es necesario seguir descubriendo la revelación de Dios en nuestra propia historia de salvación. Ese mismo Dios que se reveló de múltiples maneras y que, como dice la Carta a los Hebreos, llegada la plenitud de los tiempos se reveló en Jesús. Esa revelación no está acabada. Como vimos, el Antiguo Testamento se perfecciona así mismo, y es más perfeccionado con el Nuevo y el Nuevo deja abiertos muchos aspectos para el estudio y el progreso humano. No podemos fundamentar un pensamiento, una convicción, una corriente ideológica simplemente tomando uno o más textos bíblicos, desconociendo que Dios se sigue revelando en nuestra propia historia y que es preciso reconocerla hoy en el mismo espíritu que fue reconocida, complementada con los aportes de la investigación histórica y de las ciencias del saber humano.
Oración
Padre, te damos gracias por la revelación que has realizado en la historia, en tantos pueblos, en tantas culturas, en tantas religiones, en tantos hombres y mujeres abiertos a tu gracia. Gracias por la revelación que hiciste al pueblo judío, en la cual se profundizan nuestras raíces de fe y gracias especialmente por haberte revelado en Jesús, el hermano mayor de nuestra familia, en quien nos fundamos para seguir persiguiendo la utopía de la justicia del Reino.
Te pedimos que nos ayudes a comprender y a valorar toda la revelación, el Espíritu, la Ley y la búsqueda constante de los profetas para hacer posible la dignidad humana. Te pedimos que nos ayudes a vivir una ética acorde a tu plan de salvación, de derechos y libertades para todos. Te pedimos que con una mentalidad abierta a la acción de tu Espíritu, fieles al Evangelio, teniendo en cuenta los signos de los tiempos y las realidades profundamente humanas, podamos abordar un diálogo sincero sobre ciertos temas necesarios en nuestro camino de fe.
Te pedimos que nos des la gracia de amar con la misma decisión y con la misma entrega, como lo hizo tu Hijo Jesucristo. Ayúdanos luchar por nuestra dignidad humana, a defender nuestros derechos sin atropellar a los demás. Ayúdanos a superar resentimientos, odios, deseos de venganza y todo aquello que envenena nuestra alma. Ayúdanos a amar incluso a los enemigos y a vencer el mal a fuerza de bien. Danos la capacidad de desterrar la violencia de nuestras mentes, de nuestros corazones, de nuestros hogares, de nuestras comunidades y de toda nuestra sociedad. Danos la gracia de dar vida como tú das vida, de ser misericordiosos como tú eres misericordioso, de ser santos como tú eres santo, de ser perfectos como tú eres perfecto, y de dar amor como tú nos das amor. Amén.
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hi
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