Homilía: Asunción de la Virgen. 15 de agosto del 2026
Sábado, 15 de agosto del 2026
Color: BLANCO
XX Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo A. 16 de agosto del 2026
- Primera Lectura. Ap 11, 19a;12,1.3-6a.10ab: “Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”.
- Salmo responsorial: 44, 11,12ab.16: “De pie, a tu derecha, está la reina”.
- Evangelio. Lc 1,39-56: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”.
“Del dolor al gozo eterno: María, la Madre que camina con su pueblo”
Celebramos hoy la fiesta más importante de María, su Pascua: la Asunción de la Santísima Virgen. Esta solemnidad llena de alegría a toda la Iglesia, la del cielo y la de la tierra. María ha sido llevada al cielo para compartir la vida nueva de su Hijo resucitado.
Una mujer de nuestra raza. María, con toda su grandeza, no es una mujer diversa de las demás mujeres de la tierra. Ella es enteramente mujer, no un ser superior venido de otro planeta ni una criatura sobrenatural bajada del cielo. Se presenta en el Evangelio con todas las características de su feminidad y de su maternidad en unas circunstancias históricas concretas: a veces teñidas por el dolor, otras coronadas por el gozo. Siente como mujer, reacciona como mujer, sufre como mujer, ama como mujer.
Su grandeza no procede de ella, sino de la obra maravillosa de Dios, eso sí, acogida y secundada fielmente por María. Su asunción en cuerpo y alma al cielo no la aleja de nosotros, sino que la hace más poderosa para mirar por nosotros, sus hermanos, con ojos de amor y de piedad.
Su presencia gloriosa en el cielo nos habla no solo de un privilegio de María, sino de una llamada que Dios hace a todos para participar de esa misma vida en la plenitud de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Como mujer de nuestra raza, ella, junto con Jesús, ya ha cruzado la puerta del cielo en la plenitud de su ser para interceder por sus hijos amados que peregrinamos por este mundo, por este valle de lágrimas.
Nosotros estamos todavía en el umbral, viviendo en espera y esperanza, pero con la seguridad de que llegará el momento en que la puerta se abrirá para todos y comenzaremos a vivir en un mundo nuevo.
Demos gracias a Dios porque, fijándose en la pequeñez de aquella jovencita de Nazaret, fiel y entregada a la voluntad del Padre, hoy la celebramos como nuestra Madre del Cielo.
(Guía Litúrgica)
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