Homilía: XIX Semana. Tiempo Ordinario. 13 de agosto del 2026
San Ponciano, Papa y San Hipólito, Presbítero, Mártires
Jueves, 13 de agosto del 2026
Color: VERDE/ROJO
- Primera Lectura. Ez 12,1-12: “Cárgate al hombro el hatillo, a la vista de todos, sácalo en la oscuridad”.
- Salmo responsorial: 77,56-57.58-59.61-62: “No olviden las acciones de Dios”.
- Evangelio. Mt 18,21-19,1: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.
“¿Hasta cuántas veces? El perdón como camino de paz”
Cada jueves eucarístico contemplamos un nuevo gesto del amor de Dios: Cristo permanece realmente presente en la Eucaristía para fortalecernos, sanar nuestras heridas y comunicarnos su misericordia. Ante Él podemos depositar nuestras cargas y confiar plenamente en su amor. Como decía san Agustín: «Arrójate a Él; no se apartará para que caigas».
En la primera lectura, el profeta Ezequiel recibe la misión de realizar un signo que anuncia el destierro del pueblo de Israel. El Señor le ordena preparar el equipaje de un desterrado y salir por un agujero abierto en el muro, simbolizando la humillación y la inseguridad de un pueblo que se ha alejado de Dios. El exilio no es solo una consecuencia histórica de su infidelidad, sino también el reflejo de lo que ocurre cuando el hombre vive lejos del Señor: pierde la paz, la esperanza y la verdadera libertad. Solo en Dios encontramos la seguridad que nuestro corazón anhela.
Los Padres de la Iglesia enseñan que muchas de nuestras inquietudes nacen de un corazón poco dispuesto a la conversión. Cuando vivimos unidos a Dios mediante la oración, afrontamos con mayor serenidad las dificultades, las ofensas y las incomprensiones. Por el contrario, cuando permitimos que el orgullo, el resentimiento o el egoísmo dominen nuestro interior, cualquier palabra o contratiempo se convierte en motivo de turbación. La verdadera paz comienza cuando aprendemos a mirarnos con humildad y a dejarnos transformar por la gracia.
El Evangelio nos presenta la parábola del siervo despiadado. Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar, y Jesús responde que el perdón no tiene límites. Quien ha experimentado la misericordia de Dios está llamado a reflejarla en su relación con los demás. Sin embargo, aquel siervo que fue perdonado es incapaz de condonar una deuda insignificante a su compañero. Jesús evidencia así el contraste entre la inmensa misericordia divina y la mezquindad del corazón humano cuando se deja dominar por el rencor.
Con frecuencia pedimos al Señor que tenga paciencia con nuestras faltas, mientras nos cuesta comprender y perdonar las debilidades de quienes nos rodean. El obstáculo para recibir plenamente la gracia de Dios no radica en la falta de misericordia divina, sino en la dureza de nuestro propio corazón. Quien no perdona termina prisionero del resentimiento; quien perdona experimenta la libertad de los hijos de Dios.
El papa Francisco lo recordó con palabras sencillas y profundas: «Dios nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón». Hoy, ante Jesús Eucaristía, pidámosle un corazón semejante al suyo: humilde para reconocer nuestras faltas, agradecido por la misericordia recibida y generoso para perdonar siempre. Solo así podremos vivir en la paz que nace de sabernos amados y reconciliados con Dios y con nuestros hermanos.
(Guía Litúrgica)
RECONCILIACIÓN EN LAS MINAS: EL MARTIRIO QUE UNIFICÓ A LA IGLESIA PRIMITIVA
En un hecho sin precedentes para la cristiandad del siglo III, el papa Ponciano y su rival, el antipapa Hipólito, han muerto mártires tras reconciliar sus diferencias en el destierro de Cerdeña. Este sacrificio conjunto puso fin al primer gran cisma de la Iglesia romana, sellando con sangre una paz que años de disputas teológicas no pudieron alcanzar.
El fin del primer cisma
La crisis, que se extendió por casi dos décadas, llegó a su clímax bajo el imperio de Maximino el Tracio, quien en el año 235 inició una persecución dirigida específicamente contra los líderes eclesiásticos. Tanto Ponciano, el décimo octavo obispo legítimo de Roma, como Hipólito, un erudito sacerdote que se había proclamado obispo rival en el año 217, fueron capturados y deportados a las insalubres minas de sal de Cerdeña, conocidas como la «isla de la muerte».
Ante la imposibilidad de pastorear a su comunidad desde el cautiverio, Ponciano realizó la primera renuncia papal documentada de la historia el 28 de septiembre de 235. Este acto de humildad buscaba facilitar la elección de un sucesor (Antero) y, junto con el gesto recíproco de Hipólito de pedir a sus seguidores que regresaran al seno de la Iglesia, permitió la pacificación definitiva de los fieles romanos.
Un conflicto de rigor contra misericordia
El origen de la fractura se remontaba al pontificado de Calixto I, a quien Hipólito acusó de ser excesivamente laxo al perdonar pecados graves como el adulterio. Hipólito, discípulo de San Ireneo y prolífico escritor en lengua griega, se consideraba a sí mismo el verdadero guardián de la tradición frente a lo que percibía como una decadencia moral y doctrinal en la jerarquía oficial.
Sin embargo, el rigor de Hipólito se transformó en perdón durante los padecimientos compartidos en el exilio. Ambos líderes sufrieron tratos inhumanos y fueron azotados hasta la muerte, alcanzando juntos lo que la liturgia describe como una «única corona de martirio».
Regreso triunfal a las catacumbas
Años después, el papa Fabián ordenó el traslado de los restos de ambos mártires a Roma. Ponciano fue sepultado el 13 de agosto en la Cripta de los Papas de las Catacumbas de San Calixto, donde su epitafio original con la palabra «Mártir» aún se conserva. Por su parte, Hipólito fue inhumado en un cementerio de la Vía Tiburtina, siendo recordado no como el autor de un cisma, sino como un «santo doctor».
Legado literario y arqueológico
A pesar de su turbulenta vida, Hipólito dejó una huella imborrable en la Iglesia a través de obras como la Tradición Apostólica, que describe ritos antiguos de ordenación y bautismo, y su Refutación de todas las herejías. En el siglo XVI, el hallazgo de una estatua de mármol del siglo III que lo representa sentado en una cátedra confirmó su estatus como uno de los intelectuales más importantes de la Roma antigua.
Hoy, la Iglesia conmemora a ambos cada 13 de agosto como modelos de reconciliación, recordándoles como los dos líderes que prefirieron la unidad de su pueblo por encima de sus propias pretensiones de autoridad.
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