Homilía: XX Semana. Tiempo Ordinario. 21 de agosto del 2026
Viernes, 21 de agosto del 2026
Color: BLANCO
- Primera Lectura. Ez 37,1-14: “Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido, estamos destrozados”.
- Salmo responsorial: 50,12-13.14-15.18-19: “Derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará de todas sus inmundicias”.
- Evangelio. Mt 22,34-40: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
XXI Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo A: 23 de agosto del 2026
“Poner amor donde no hay amor”
La Iglesia nos presenta como ejemplo de santidad al Papa Pío X. Nacido como Giuseppe Melchiorre Sarto en Riese, al norte de Italia, el 2 de junio de 1835, ejerció el pontificado desde 1903 hasta su fallecimiento en Roma el 20 de agosto de 1914. Su pontificado es recordado por su firme rechazo al modernismo teológico y por impulsar la codificación del derecho canónico, proceso que culminaría en 1917.
Su legado resalta por su insistencia en la formación del clero, la defensa de la integridad doctrinal y una profunda atención pastoral en un periodo de profunda transformación global. Asimismo, promovió la vida litúrgica y sacramental, fomentando la participación activa de la comunidad en la celebración de la fe.
Las lecturas de este día nos invitan a contemplar la obra de Dios en nosotros. En la primera lectura, la potencia divina da vida a los huesos secos mediante el Espíritu Santo. Por su parte, el salmo nos motiva a alabar al Señor y agradecer su misericordia eterna por las maravillas que opera en nuestras vidas.
El Evangelio se abre con una interrogante decisiva: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Jesús responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas».
El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables: constituyen un único mandamiento. Ambos se nutren del amor solícito de Dios, quien nos amó primero. Así, el amar no se reduce a un precepto externo e imposible, sino a una experiencia interior cuya naturaleza exige ser compartida.
El amor se acrecienta amando. Es un afecto divino porque procede de Dios y a Él nos une. Mediante este proceso de unificación, superamos nuestras divisiones y nos transformamos en un «nosotros», hasta que Dios sea «todo en todos».
Sobre este pasaje evangélico, Benedicto XVI nos ofreció una valiosa enseñanza:
«Hay una interacción necesaria entre amor a Dios y amor al prójimo… Si en mi vida me falta completamente el contacto con Dios, jamás puedo ver en el otro más que el otro y no consigo reconocer en él la imagen divina. Si por el contrario, en mi vida descuido completamente la atención al otro, deseando solamente ser «piadoso» y cumplir con mis «deberes religiosos», entonces mi relación con Dios se seca. Cuando es así, esta relación es solamente «correcta» pero sin amor. Tan sólo mi disponibilidad de ir al encuentro del prójimo, a testimoniarle mi amor, me hace también sensible ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a ese Dios hecho para mí y según su propia manera de amarme». (Deus caritas est, n. 18).
Que Dios nos conceda la gracia de, en palabras de San Juan de la Cruz, «poner amor donde no hay amor».
¡Bendiciones!
(Guía Litúrgica)
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