Homilía: XX Semana. Tiempo Ordinario. 19 de agosto del 2026
Memoria Libre: San Juan Eudes, Presbítero o San Ezequiel Moreno, Obispo
Miércoles, 19 de agosto del 2026
Color: VERDE
- Primera Lectura. Ez 34,1-11: “¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!”.
- Salmo responsorial: 22,1-3a.3b-4.5.6: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.
- Evangelio. Mt 20,1-16a: “Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo debido”.
“La paga de la eternidad”
Son reconfortantes las palabras del Salmo 22: «El Señor es mi pastor… me guía por el sendero justo… nada temo porque tú estás conmigo».
Es como descansar en un campo de sombra abundante y de un silencio solo interrumpido por el canto de los pájaros.
Jesús es el Buen Pastor. En cambio, los falsos pastores se aprovechan del rebaño a ellos confiado y no lo cuidan verdaderamente. Por eso dice el Señor a través del profeta: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas».
El Evangelio nos narra la parábola de los trabajadores contratados, una enseñanza que se adecua perfectamente al momento presente. Versa sobre los obreros de la viña: estamos en época de la vendimia física, pero hay también otra vendimia, la espiritual, en la que Dios se goza ante el fruto de su viña. Nosotros damos culto a Dios, y Dios nos cultiva a nosotros. Sin embargo, nuestro culto no lo hace mejor a Él, pues nada puede añadirse a su perfección; no le rendimos culto con el arado, sino con la adoración. Él, en cambio, nos cultiva como el agricultor a su campo y, al cultivarnos, nos hace mejores, del mismo modo que el labrador mejora la tierra con su trabajo. El fruto que espera de nosotros es precisamente que le rindamos culto.
El cultivo que Él realiza en nosotros consiste en no dejar de arrancar, con su Palabra, la mala semilla de nuestros corazones; en abrir nuestro interior, como con un arado, por medio de su mensaje; en sembrar en nosotros la semilla de sus preceptos y en esperar el fruto de la piedad.
En efecto, si aceptamos en el corazón este cultivo y le rendimos el culto debido, no seremos ingratos con nuestro agricultor, sino que le corresponderemos con el fruto que le agrada. Este fruto no lo enriquece a Él, pero a nosotros nos hace más dichosos.
San Agustín, comentando este Evangelio, aclara la duda sobre la igualdad en la recompensa:
«En la recompensa seremos, pues, todos iguales: los últimos como los primeros y los primeros como los últimos, porque el denario es la vida eterna y en la vida eterna todos serán iguales. Aunque unos brillarán más y otros menos según la diversidad de sus méritos, por lo que respecta a la vida eterna será igual para todos. No será para uno más larga y para otro más corta lo que en ambos casos será sempiterno; lo que no tiene fin no lo tendrá ni para ti ni para mí… por lo que respecta a la vida eterna, ninguno vivirá más que el otro. Viven igualmente sin fin… Y el denario es la vida eterna. No murmure, pues, el que lo recibió después de mucho tiempo contra el que lo recibió poco después. A uno se le da como recompensa, a otro se le regala; pero a uno y a otro se les otorga lo mismo».
No trabajemos por nada que no sea la vida eterna y verdadera. Todo afán que no sea este es fatiga inútil y vanidad de vanidades.
(Guía Litúrgica)
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