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Homilías

Homilía: XVIII Semana.  Tiempo Ordinario.  6 de agosto del 2026

Domingo Vasquez Morales

Color: BLANCO

XIX Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo A

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  • Primera Lectura. Dn 7,9-10.13-14: “Su poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás será destruido”.
  • Salmo responsorial: 96,1-2.5-6.9: “El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra”.
  • Segunda lectura: 2Pe: 1,16-19: “Este es mi Hijo amado, en quien Yo me complazco”.
  • Evangelio. Mt 17,1-9: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo”.

Hoy celebramos con júbilo la Transfiguración del Señor, un profundo misterio de fe que también meditamos durante el segundo domingo de Cuaresma. En este acontecimiento se manifiesta la gloria divina de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Flanqueado por Moisés, representante de la Ley, y Elías, de los Profetas, Jesús revela su gloria a Pedro, Santiago y Juan, mostrando que la antigua alianza alcanza su plenitud en la nueva, sellada en Cristo, Verbo del Padre.

Esta escena es fundamental porque marca el momento en que el cielo y la tierra se encuentran de forma tangible. Los tres evangelios sinópticos —Mateo, Marcos y Lucas— relatan el episodio; cada uno aporta sus propios matices, pero todos concuerdan en la trascendencia de este misterio.

Históricamente, la Transfiguración comenzó a celebrarse para conmemorar la consagración de una basílica en el Monte Tabor, lugar tradicional del suceso. Desde el siglo IX empezó a festejarse en Occidente y, entre los siglos XI y XII, se estableció formalmente en Roma. En 1457, el papa Calixto III extendió la celebración a toda la Iglesia latina para conmemorar la victoria cristiana en el sitio de Belgrado (1456), acontecimiento considerado en su época como un signo de intervención divina.

Por su parte, San Josemaría Escrivá de Balaguer nos recuerda que estamos llamados a ser contemplativos en medio del mundo, cultivando un silencio interior que nos permita escuchar la voz de Jesús:

«Señor nuestro, aquí nos tienes dispuestos a escuchar cuanto quieras decirnos… Que tu conversación, cayendo en nuestra alma, inflame nuestra voluntad para que se lance fervorosamente a obedecerte».

En su obra Amigos de Dios, San Josemaría anima a convertir las tareas ordinarias en un diálogo constante de amor con el Señor, transformando la rutina en servicio y contemplación.

Ascender al Monte Tabor no implica huir del mundo, sino elevar el corazón en el día a día para encontrarse con Cristo. Para el creyente de cualquier época, la Transfiguración es un faro de esperanza y una catequesis viviente sobre la identidad de Jesús y el destino glorioso que aguarda a sus seguidores. Este misterio luminoso nos invita a subir a nuestro propio «Monte Tabor» interior mediante la oración: un espacio donde la luz de Cristo disipa las sombras de la prueba y donde la voz del Padre nos confirma como sus hijos.

¡Que Dios nos bendiga!

(Guía Litúrgica)

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