AMOR CREADOR

Neptalí Díaz Villán

XXVII Domingo.  Tiempo Ordinario. Ciclo B

III Semana de la Liturgia de las Horas

Color: VERDE

3 de octubre de 2021

  • Primera lectura: Gen 2,18-24: !Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne!
  • Salmo Responsorial: 127,1-6: Que el Señor nos bendiga
  • Segunda lectura: Heb 2,9-11: Un mismo origen en Jesús.
  • Evangelio: Mc 10,2-16: Lo que Dios unió no debe separarlo el hombre.

3 de octubre de 2021 reflexionando la palabraNo podemos encontrar en el Génesis teorías sobre el origen de la vida, las especies y la aparición del ser humano sobre la tierra. No es un libro científico, ni una narración periodística de los acontecimientos. Es una narración mitológica, propia de su tiempo y de su espacio, que nos deja ver la bajeza y la grandeza, los peligros y las posibilidades, el barro y el espíritu que habitan en todo ser humano. No pretende decir la última palabra sobre cómo aparecieron los seres humanos, sino proponer cómo vivir plenamente como tales, a nivel personal, familiar y comunitario.

Ya desde tiempos antiguos existía la costumbre de echarle la culpa a Dios sobre los males que vejan al ser humano. ¿Por qué se sufre, por qué hay personas dominantes y hay dominadas, por qué los desastres naturales, por qué el engaño, la guerra, la destrucción…?

Dentro del marco histórico de la Edad Antigua, se decía: “Dios, o los dioses, lo quisieron así”. “Es voluntad de Dios”. “Es una prueba de Dios”. “Es un castigo de los dioses por la desobediencia a sus leyes…” A lo que no se tenía respuesta, se decía que provenía de los dioses.

El Génesis “libra” a Dios de toda responsabilidad acerca del mal que hay en el mundo y lo presenta como principio creador de todo lo bueno: “Y vio Dios que todo lo que había hecho era bueno” (Gen 1,25b).

El texto que hoy leemos quiere responder a preguntas tales como: ¿por qué hay matrimonios infelices? ¿Por qué muchas veces se unen diciendo que se aman y luego se separan diciendo que no se soportan? ¿Por qué un día se desean, se extrañan, se buscan, se acarician, hacen de los cuerpos lugar de encuentro, y beben su vino hasta embriagarse, y otro día se detestan, se maltratan, se destruyen? ¿Por qué hay hombres que someten a sus mujeres? ¿Por qué hay mujeres que utilizan a sus maridos?

El Génesis dice que los desequilibrios sociales, así como la desigualdad entre el varón y la mujer, son responsabilidad de ambos debido al rompimiento con el amor original querido por Dios. Los dos rompen el equilibrio cuando se dejan dominar por su natural deseo de poder. Cuando se dejan conducir más por el barro que hay en ellos que por el espíritu con que Dios los ha insuflado.

La persona humana no nace terminada, es un ser en proyección. A partir de lo natural dado, tiene la responsabilidad de construirse teniendo en cuenta el molde que Dios ha puesto: su imagen y semejanza. Puede erigirse con el modelo divino y ser misericordioso como él es misericordioso, santo, como él es santo, o rebajarse al nivel de las bestias. Puede dejar que el Espíritu de Dios habite en él y lo capacite para amar, servir, comunicar vida y ser feliz, o dejarse arrastrar por la codicia, el egoísmo o el odio, y actuar de la manera más vulgar y rastrera.

Ya en el Evangelio vemos cómo a los fariseos no les interesaba el mensaje de Jesús. No querían escuchar su enseñanza para tratar mejor a sus mujeres y para construir un matrimonio feliz. Su intención era probarlo, acorralarlo, hacerlo caer o ridiculizarlo. “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”, le preguntaron. La pregunta fue formulada desde una óptica machista y legalista. Si vamos a la ley, descubriremos que sí lo permitía: “Si un hombre toma una mujer, y después de haber cohabitado con ella, viniere a ser mal vista de él por algún vicio notable, hará una escritura de repudio, y la pondrá en mano de la mujer, y la despedirá de su casa” (Dt 24,1).

El divorcio era una costumbre muy difundida en el mundo judío y grecorromano. Una mujer que ya no le gustara a su marido porque dejara quemar el pan o las lentejas, porque había perdido su belleza debido a múltiples alumbramientos, o porque hiciera algo que molestara a “su señor”, él podía darle tranquilamente el acta de divorcio y “te vi”, “adiós”, “muchas gracias…” Había mujeres que después de haber servido al marido durante muchos años, casi como esclavas, de un momento a otro recibían un acta de divorcio y “que te vaya bien”. Pero ¿qué pasaba si la mujer quería divorciarse de su marido porque era maltratada? ¡Pues de malas, a aguantar se dijo! ¡Así de sencillas eran las cosas en la práctica!

¿Cuál fue la actitud de Jesús? Él mostró una relación muy amplia y libre no sólo con las tradiciones e instituciones de su pueblo, sino también con la Ley de Moisés, que era lo más sagrado e incuestionable. A la Ley nadie se atrevía a cuestionarla, pero cada maestro la interpretaba según su acomodo o su tendencia político-religiosa.

Sobre este tema todos los maestros estaban de acuerdo en que había divorcio únicamente cuando el hombre así lo determinara. No había acuerdo en cuanto al por qué, cuándo y cómo; el hombre tomaba esa determinación. 

Obviamente, Jesús no podía callar ante esa injusticia. Se trataba de una ley manejada injustamente que satisfacía los anhelos egoístas de los varones y justificaba la dominación sobre las mujeres. Pero para remediar la situación no propuso el desquite ni la posibilidad de separarse cuando cualquiera de los dos así lo quisiera.

Empezó por descubrir las limitaciones de la ley mosaica que debía ser provisional y no absoluta. Lo hizo de una manera muy delicada con los sentimientos religiosos. Dijo que Moisés había dado esa Ley debido a la dureza de corazón del pueblo. Una manera muy respetuosa de decir: “Yo no estoy de acuerdo”. No se limitó a afirmar si se podía o no se podía aprobar el divorcio desde la ley. No promulgó leyes nuevas. Más importante que decir si aprobaba o no aprobaba, si era lícito o no era lícito, propuso fundar la unión matrimonial en el amor creador de Dios.

En el Génesis tenemos dos relatos de la creación. Uno elaborado por la escuela Yavista (Gen 1-2,4ª) identificado con la letra “J” y el otro elaborado por la escuela Sacerdotal (Gen 2,4bs), identificado con la letra “P”. La escuela “P” (1 lect) presenta la mujer como una ayuda y compañía para el varón, mientras que la escuela “J”, pone su énfasis en la igualdad de géneros. Según la escuela “J”, como los dos fueron creados a imagen de Dios, debían tener una relación igualitaria.

Jesús tomó los dos relatos y los fusionó para fundamentar su propuesta: “Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo hombre y mujer (Gen 1,27 - escuela “J”). Por eso, el esposo deja a su padre y a su madre y se une a su esposa, y los dos llegan a ser una solo carne” (Gen 2,24 - escuela “P”). La conclusión de Jesús fue: “Por consiguiente, lo que Dios unió no debe separarlo el hombre.” (Mc 10,9).

Podríamos preguntarnos, ¿cuál es el móvil por el cual las parejas se unen? Las parejas casadas o las que piensan participar del sacramento del matrimonio podrían preguntarse qué es realmente lo que las unió y las mantiene unidas. Porque si verdaderamente es Dios y su amor misericordioso el que une y da vida a dicha unión, entonces, como dice Pablo “nada ni nadie podrá separarlos del ese amor, manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor”. (Rom 8). Si como parejas nos mantenemos unidas a ese amor primero (Ap 2,4) que solidifica nuestra existencia, entonces en medio de las crisis, nuestra vida, nuestra entrega, nuestra alegría, y aún nuestros momentos dolorosos estarán llenos de sentido. Y si nuestra barca pasa por graves tormentas que amenazan hundirla, lo que debemos hacer no es desesperarnos y renunciar a seguir remando para que acabe de naufragar, sino, por el contrario, abrir nuestros corazones para que Jesús entre, calme el viento y al mar y, con nuestro compromiso sincero, sigamos felices hacia buenos puertos (Mc 6,45-52).

Pero si los une mas bien el egoísmo, el deseo de ascender en una escala social garantizada por la unión con el cónyuge, el miedo a quedarse solos, el afán de seguridades, una baja autoestima y la consecuente búsqueda de amo (amo, no amor), entonces será una unión pegada con babas y fácilmente sucumbirá. Una unión basada en miedos, egoísmos, etc., no generará otra cosa sino una amarga frustración y una eterna infelicidad en el nombre de algo tan grande y tan sagrado como lo es el matrimonio. Sería entonces la degradación del sacramento, en realidad no habría sacramento y por lo tanto, si quisiéramos ser fieles a Dios y a una búsqueda sincera de la realización humana, necesariamente tendríamos que buscar la separación.

Cada situación concreta se debe analizar concienzudamente y tomar decisiones, teniendo en cuenta el Espíritu de Jesús, que superó el legalismo rabínico y dejó sin piso la visión de la mujer como un patrimonio del varón o como un objeto que se podía utilizar y luego desechar. Los relatos de las escuelas “J” y “P” son complementarios, pues debe existir ayuda, pero no una ayuda sumisa y servil desde la mujer para el varón, sino una ayuda mutua en igualdad de condiciones. 

Esto no lo entendieron los discípulos que, cuando llegaron a la casa volvieron a preguntarle sobre lo mismo, y al acercársele los niños para que los bendijera, los reprendieron y trataron de impedirlo. Según la mentalidad de la época, un maestro no debía “perder su tiempo” con niños y con mujeres; éso le hacía perder credibilidad y autoridad. Pero a Jesús no le interesó la fama de maestro respetable, sino mostrar el amor de Dios, el único capaz de transformar el corazón humano y llevarlo a la plenitud de su vida. Por eso acogió con amor a todas las personas, de manera especial a quienes les negaban el derecho a vivir en dignidad. A quienes “no valían” para los ojos del mundo judío. Por eso puso como ejemplo a la viuda pobre (Lc 21,1ss), a la mujer sirofenicia (Mc 8,24ss), al centurión romano (Lc 7,1-10), a la mujer hemorroisa (Lc 8,43ss)... Por eso acogió y bendijo a los niños, y propuso la igualdad entre el varón y la mujer.

Con todo ésto no se busca hacer más pesada la cruz de una pareja cuyo matrimonio es inviable, diciéndole que si se separan están contra la voluntad de Dios. Y en el caso de que se separen, no podrán volver a unirse con otra persona porque estarán en pecado. No se trata de calificar con epítetos tales como: concubinos, amancebados, bígamos, adúlteros y pecadores a quienes habiéndose separado se hayan unido por segunda vez con otra persona.

Se trata de que cuando una pareja decida casarse, lo haga desde su libertad y madurez humana, y con la fuerza plenificante del amor creador de Dios. Que cuando esa pareja pase por momentos difíciles, como los pasamos todos los seres humanos, no tome el camino más fácil de separarse, sino que acudan a Aquel que los ha unido, pues sólo con su ayuda podrán llevar a plenitud esa utopía. Si después de agotar todos los recursos para mejorar, la relación es inviable, no podemos decir que es voluntad de Dios que dos personas vivan juntas y se amarguen la vida. Ni tenemos el derecho a condenar en nombre de Dios a que alguien viva sólo por haberse equivocado una vez.

El matrimonio no es un fin, es un medio que busca generar un espacio para que las personas realicen plenamente sus vidas, no para que las frustren. No podemos convertir los medios en fines absolutos. Lo único absoluto es Dios y su amor creador que dinamiza nuestra historia y nos ayuda a descubrir cada día nuevos caminos para hacer que nuestra humanidad viva y sea feliz.

Estos textos nos ayudan a fundamentar el matrimonio indisoluble como ideal ético, tal como lo tenemos en la actual legislación eclesial. Pero más que eso es una invitación a volver al amor creador de Dios que nos capacita para dar sentido pleno a nuestro amor humano. Desde ahí podemos desplegar toda nuestra vida, incluyendo nuestras relaciones familiares.

Oración

Señor Jesús, gracias te damos por tu acción liberadora para todos los seres humanos. Gracias porque para ti, en medio de nuestras naturales diferencias de género, varones y mujeres somos iguales en dignidad, derechos y deberes. Gracias por tu testimonio de amor generoso hacia todas las personas sin distinción alguna.

A los varones ayúdalos a verse libres de los roles inhumanos que les ha impuesto la sociedad machista: “ten siempre el control”, “los hombres no lloran”, “no expreses los sentimientos”, “mantente siempre fuerte como un roble”…  ayúdales a liberarse de antiguas ideologías que los identificaban como seres insensibles, que nunca lloran, con una atrofia sentimental y con miedo a exteriorizar todo el potencial afectivo con que cuentan. Ayúdales a liberarse de las defensas racionales sin perder su masculinidad; a ser capaces, “de llorar, abrazar y acariciar, contemplar, reír, mimar y sonreír… ayúdalos a sentir con mayúsculas, en colores, en alta tensión, sin miedos, sin censuras y de cara a la humanidad que les pertenece y a darle a sus vidas una nueva sintonía”.[1]

A las mujeres ayúdalas a verse libres de la marginalidad en la que se encuentran todavía en muchos sectores y del descarado dominio a la que aún son sometidas en algunas “familias”. Ayúdales a superar estereotipos sexistas y las falsas concepciones de liberación que las llevan a perder su identidad y su dignidad femenina. Ayúdales a liberarse de tantas estructuras segregacionistas y del comercio que las utilizan como mercancía que se compra y vende, o como la compradora compulsiva que quiere llenar un vacío existencial. Libres de la trampa en la cual han caído cuando hacen las cosas al estilo de los hombres, como el poder por el poder o el placer por el placer, sin valorar más la vida humana como tal. Libres para liderar, para amar y servir donde quiera que estén, en las filas o en el mando, en el escritorio en el campo, en la silla o en el tablero. Libres para ser plenamente humanas. Libres para que sean manifestación de la ternura de Dios que es Padre, dador de vida.

A todos danos la fuerza necesaria para construir verdaderas familias profundamente unidas por el amor misericordioso del Padre Dios; matrimonios fundados en la roca firme que eres tú, indisolubles, no por la Ley sino por tu gracia y por la fuerza de tu Espíritu Santo que nos conduce a la plenitud de la vida en el amor. Que, como Iglesia, realicemos las acciones pastorales en las que hagamos creíbles el amor y la misericordia de Dios hacia los más débiles. Que como sociedad trabajemos para crear políticas justas en las cuales se reconozca la dignidad de la mujer.

Ayúdanos a superar todas las barreras que nos impiden crecer como seres humanos y danos la gracia de ser, como tú, verdaderas imágenes del Padre.  Amén.

 ************

[1] RISO Walter. Intimidades Masculinas. Norma 1998. 131.

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