29PentecostésDomingo de PENTECOSTÉS.  Ciclo A

Color: ROJO

Domingo, 31 de mayo de 2020

CITAS BÍBLICAS

  • Primera lectura: Hch: 2,1-11: De repente, un estruendo… hizo estremecer todo
  • Salmo Responsorial: 103: Yo me alegraré con el Señor.
  • Segunda lectura: 1 Cor 12,3-7.12-13: Somos muchos, pero formamos un solo cuerpo.
  • Evangelio: Jn 20,19-23: Como el Padre me envió, los envío yo a ustedes.

Neptalí Díaz Villán

La construcción literaria que nos presenta Lucas, el autor de los Hechos, es parecida a la de hace ocho días, el relato de la Ascensión. El texto de hoy lo ubicamos en la fiesta de la recolección, celebrada en Jerusalén. La ciudad se llenaba de gente, judíos distribuidos por todo el imperio: Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto… o sea, todo el mundo conocido por ellos. Afuera, la ciudad vivía su propia fiesta; adentro, la comunidad estaba en el sitio donde acostumbraba reunirse para compartir, dialogar sobre su ser y quehacer, estudiar, celebrar y orar. El Cuarto Evangelista también nos presenta a la comunidad, más que reunida, encerrada por miedo a los judíos, pues eran perseguidos. En los dos casos, no tenían claro el paso que debían dar para continuar con el Proyecto de Jesús.

Hoy, como personas y como comunidad, nos vemos insertos en un mundo que vive su propia fiesta; y muchas veces nos encontramos confundidos ante todas esas nuevas realidades y la manera como podríamos seguir el camino de Jesús aquí y ahora. “Quítate tú pa´ poneme yo” dice la canción que escuchan muchos de nuestros jóvenes. “Vive y deja vivir”, agrega uno, “al son que me toquen bailo”, replica otro, “sálvese quien pueda”, afirma quien se esconde. “A mí no me metan en problemas”, “pase la moneda, hace calor mójeme la mano”, “colabore para el trasporte”, “agua a 200, galletas 2 por  500, 5 en 1000”, ¡feria de contratos y concesiones! “A la orden los puestos en la gobernación o en la alcaldía, en la embajada o en la universidad, en el hospital o en el tránsito, por sólo X votos, según el cargo.”, “– Sí señores, a la orden los cupos para la seguridad social o para la escuela de doña Rita la “socia” del senador.” “Vengo por la cuota mensual (o diaria)” le dice el estafador al tendero, al vendedor de helados, al comerciante o al empleado raso. “Cortaron la luz”, “la plata no alcanza”, “mataron al moreno de la esquina, seguro se metió en problemas y no bailó al son de la fiesta”, “condenaron a la gorda porque pecaba por cobrar, sin embargo, al grandulón que pagaba por pecar sigue suelto y en las mismas…”

Ante todo, este panorama global, derroche, confort, injusticias, exclusivismos y todo ese maremágnum de estructuras generadoras de miseria, la gente vive su propio drama. Muchos se encierran porque no ven salidas; otros se suicidan para acabar de una buena vez; algunos se unen al juego para sobrevivir, o sencillamente sufren y no son felices.

Traigo a colación una de las tantas historias que cuenta mi abuelo: “Un día, la abeja y el león, reconocido rey de la selva, tuvieron problemas. El león le declaró la guerra a las abejas y juró dominar a todos los insectos. Según él, el perdedor debía ceder todos sus derechos y quedar sumiso al otro. Aunque la abeja quiso conciliar se encontró con la arrogancia de un león muy seguro de su fuerza y despreciador de los pequeños. Al siguiente día, en el sitio donde se dieron cita estaba el león con sus colegas, dispuestos a pisotear a los insectos. Salió también la abeja y detrás de ella, millares y millares de abejas; unidas a ellas, venían sus hermanos, insectos, hormigas, avispas, libélulas, grillos, chicharras… Aunque los compinches del león pisotearon algunos insectos con sus pesadas garras, después de verse picados y mordidos, huyeron con el rabo entre las piernas”.

 

Como hicieron las avispas y los demás insectos para defenderse de los arrogantes leones, y como hicieron las primeras comunidades cristianas, hoy necesitamos unirnos para trabajar y construir el Reino; no podemos enfrentar el gigante postmoderno de forma individual. Tenemos que ser creativos y buscar nuevas formas de trabajo para convivir en dignidad. Necesitamos recibir y caminar con la gracia del Espíritu Santo. Así como Dios sopló para darle vida al ser humano, en forma de resonancias cósmicas (Hch 2,1-4 – primera lectura), signo de la intervención de Dios en la historia humana, hoy necesitamos que Dios irrumpa en nuestra historia, que venza nuestros miedos para salir del encierro, de manera que unidos podamos enfrentar la vida con la fuerza del Espíritu del Señor resucitado, vencedor de la muerte.

En el fragmento de los Hechos que hoy leemos se nos dice que estaban todos reunidos. Se trata, por lo tanto, no sólo de los doce apóstoles, sino de la llamada asamblea de los 120 (1,15), entre los cuales estaban, además de los doce, María, la madre de Jesús, el grupo de las mujeres y el llamado grupo de los “hermanos de Jesús”, con certeza también estaba Santiago, llamado “el hermano del Señor” (1,14). Hoy, toda la Iglesia, todos sus miembros, estamos invitados a participar de Pentecostés y de la transformación de este proyecto que heredamos de Jesús.

El día de Pentecostés, aunque todos estaban reunidos con un mismo propósito, éste no era precisamente continuar con la fuerza dinamizadora y transformadora de Jesús resucitado. Todavía estaban pegados en el pasado y en un anhelo de restauración de las doce tribus de Israel (Hch 1,15-26). Como ha ocurrido en otras oportunidades en la Iglesia, el Espíritu Santo los sorprendió, llegó de repente, con ruido como de viento impetuoso y lenguas de fuego. Es decir, con la “violencia” necesaria del Espíritu para estremecer fuertemente a las personas, transformar y reorientar la primera comunidad, desde una posición restauracionista hacia una posición profética y misionera.[1] Algo parecido ocurrió con la elección de Juan XXIII. El vacío que dejaba Pio XII era muy grande y no se veía un líder con la categoría del fallecido Papa. Entonces, los purpurados pensaron elegir un Papa de transición, y optaron por un anciano cardenal llamado Ángelo Giuseppe Roncalli (quien escogió el nombre de Juan XXIII). ¿Quién iba a pensar que ese “viejito inofensivo”, que había sido elegido para salir del paso, fuera a dar el primer paso para la más gigante transformación en la historia de la Iglesia reciente: el Concilio Vaticano II? Algo parecido sucedió con la elección del argentino Jorge Bergoglio como obispo de Roma (Papa). Cuando todos los especialistas daban por seguro la elección de un Papa italiano o por lo menos europeo, los purpurados, o “tal vez” el Espíritu, nos dieron la sorpresa de un Papa que llegó a oxigenar la Iglesia con los vientos que llevaba del Sur.

Por eso esta fiesta de Pentecostés no podemos pasarla como una reunión más dentro del sinnúmero de festividades religiosas. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! Dejemos que hoy el Espíritu Santo irrumpa en nuestro acontecer personal, familiar y eclesial-comunitario. ¿Qué pasos debemos dar? ¿Qué conservar y qué cambiar? En Jerusalén confluían gentes de todas las naciones del mundo conocido. Con la fuerza del Espíritu Santo esta primigenia comunidad tuvo la capacidad de entrar en comunicación con todas las personas y hacerse entender en su propia lengua, es decir, en su propia identidad cultural. Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo para ir a nuestra aldea global y comunicarnos en su propio lenguaje; para llegar a nuestros niños, a nuestros jóvenes, a las familias, a los empleados y a los empresarios, a hombres y a mujeres, para anunciar la Buena Noticia del Reino con respeto, pero con pleno convencimiento de la buena obra de Dios en el ser humano.

En medio de nuestras diferencias, tenemos que buscar la manera de entendernos. Tenemos diferentes carismas, dijo Pablo (segunda lectura) pero los diversos ministerios y carismas tienen sentido en la medida en que los pongamos al servicio del bien común. Abrámonos hoy, al soplo de Jesús para recibir el Espíritu Santo, para ser renovados, recreados, transformados y enviados a construir la humanidad nueva.

 

Oración

Ven Espíritu Divino, principio de vida y de amor, que lo inunda todo, lo penetra todo, lo llena todo y le da plenitud a todo. Llega hasta el fondo de nuestro ser con tu amor, con tus dones maravillosos. Estamos totalmente abiertos a ti para que nos llenes de tu presencia, para que desintegres los miedos, los egoísmos, las envidias y todo aquello que nos desvía del camino de la salvación. Llénanos de ti, llénanos de tu amor, de tu luz admirable, de tu sabiduría, de tu fortaleza, de toda la riqueza espiritual que necesitamos para ser continuadores del Proyecto de Jesús. Llénanos de ti para experimentar que somos hijos del Padre y que contigo somos conducidos por el buen camino.

Te abrimos de par en par las puertas de nuestros corazones, de nuestras mentes. Penetra nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestros impulsos, nuestros deseos y acciones… todo. Purifica, renueva, transforma, fortalece toda nuestra vida…

Mantennos unidos en lo fundamental para experimentar el regocijo y la alegría, fruto del amor, de la amistad, de las buenas relaciones interpersonales. Mantennos unidos en lo fundamental para defender la vida, la dignidad, la libertad; para trabajar en todo aquello que nos hace crecer como personas. Acogemos tu presencia entre nosotros para que nos des la paz, la serenidad de espíritu, la decisión firme, la fuerza, la energía, el vigor, y la pasión para llevar a cabo la misión encomendada por Jesús.

Ven Espíritu Divino, ven, ven, ven… amén.

 

[1]RICHARD Pablo, El movimiento de Jesús después de su resurrección y antes de la Iglesia, una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles. Colección Biblia 71. Verbo Divino y otros. Quito 2001. p. 38


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