XVII Domingo. Tiempo Ordinario

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Domingo, 26 de julio de 2020

Neptalí Díaz Villán

Las parábolas del Reino III: "Valor absoluto del reino de Dios"

26 de julio de 2020Bien dice el Concilio Vaticano II que los textos bíblicos deben ser leídos teniendo en cuenta la revelación completa. A primera vista, la primera lectura nos muestra a Salomón como un rey paradigmático que, ante el ofrecimiento de Dios, pidió sabiduría para gobernar a su pueblo, en vez de riqueza, larga vida o la muerte de sus enemigos. Hasta ahí todo bien, el papel aguanta todo.

Pero la realidad fue otra. El mismo libro de los Reyes presenta la “joyita” de personaje que gobernó Israel y causó tanto miseria y dolor para el pueblo. Porque en la práctica Salomón fue otro más en la cuenta de los reyes que aprovecharon su poder para esclavizar, explotar y llevar una vida a sus anchas, sin importarle la miseria de su pueblo. Llegó al trono gracias a que supo ser el peor, el más perverso y el más matón en las intrigas y a las luchas por el poder. Aunque el sucesor legítimo era su hermano mayor Adonías, a quien respaldaba Joab por parte del ejército y Abiatar por parte del templo, Salomón se impuso como rey, en medio de un baño de sangre: el sacerdote Abiatar fue expulsado y Adonías y Joab asesinados (1Re 2,13-35).

Después de acabar con sus enemigos, para pagar los favores recibidos y asegurar la fidelidad a su reinado, nombró a sus compinches en los más altos cargos del gobierno: a Azarías, hijo de Sadoc, lo nombró como sacerdote; Elijoref y Ajías, hijos de Sisa, fueron sus secretarios; Josafat hijo de Ajilud, el canciller… y una lista larga de altas “dignidades” (1Re 4,1ss).

Atentó gravemente contra la cultura de su pueblo, contra la estructura social, contra el tribalismo, uno de los puntos más sagrados de la tradición israe­lita. Reorganizó geográficamente el pueblo con el fin de facilitar el cobro del tributo (1Re 4,7‑19). A todos les impuso la obligación de abastecer la cohorte (1Re 12,3‑5; 1Re 5,7‑8.2‑5; 1Re 4,26).La vida de Salomón y su cohorte era de una holgura escandalosa: 30 cargas de flor de harina y 60 de harina cada día, 10 bueyes cebados y 20 de pasto, 100 cabezas de ganado menor, aparte de los ciervos, gacelas, gamos y aves cebadas. 12.000 caballos para sus carros distribuidos en 4.000 establos. Y ¡claro! Un buen harén de mujeres para “calmar sus nervios”: 700 princesas y 300 concubinas (1Re 11,1).

¿Con ese harén a su servicio y los banquetes de cada día, qué tiempo le iba a quedar para hacer un buen gobierno y además para escribir? Pero para eso son los asesores de imagen, diríamos en nuestro tiempo. Las escuelas de la sabiduría creadas por él y puestas a sus órdenes se encargaron de presentar al rey como un gran sabio atribuyéndole dichos, proverbios, aforismos, consejos e historietas, como la de las mujeres que peleaban por sus hijos, traída de la tradición hindú. Los biógrafos oficiales se encargaron de limpiar su imagen y presentarlo con cualidades de sabiduría (1Re 5,9ss), con una gran fama (1Re 10,1ss), astucia (1Re 3,16ss), con una gran capacidad de maniobra en política internacional (1Re 5,1) y hasta de inspiración poéti­ca (1Re 5,12). Lo adornaron además de esplendor para con Dios (1Re 3,4; 10,5.12), de humil­dad (1Re 3,7ss) y de deseos de fidelidad y de respeto al pueblo (1Re 3,8ss), entre otros atributos.

En medio de este contexto podemos ver que el reinado monárquico y las estructuras económicas, políticas, militares y religiosas que estableció Salomón para manejar los hilos del poder, no tienen nada que ver con la propuesta del Reinado de Dios, que presentó y enseñó Jesús con sus palabras, pero sobre todo con su práctica de justicia y fraternidad.

El reinado salomónico, para el seguidor de Jesús, debe ser descartado, pues suplanta a Dios y niega al ser humano. La monarquía en Israel representó una traición al proyecto salvífico de Dios para la humanidad.

Para nosotros lo único absoluto debe ser el Reinado de Dios, tal como nos lo sugieren las dos primeras parábolas de hoy. Jesús acudió a dos figuras comunes para la época: el tesoro en el campo, y la perla.

El pueblo de Israel había vivido casi todo el tiempo en medio de guerras; esto debido algunas veces a su posición estratégica entre Mesopotamia y Egipto, dos antiguos imperios regionales que lo hacían muy apetecido para el dominio comercial y militar, otras veces por los ataques de los helenos, los romanos o también, por las disputas de poder entre ellos mismos. Por tal motivo muchas veces la gente se veía obligada a esconder los tesoros más valiosos en la tierra. Las perlas por su parte, eran pescadas por buceadores en el golfo pérsico, en el mar rojo o en el océano índico, para ser montadas como adorno en los collares. Su valor era muy alto.

En este orden de ideas, cuando el seguidor de Jesús descubre y comprende la grandeza que encierra la propuesta del Reino debe invertir todo lo que tiene para construirlo, teniendo en cuenta que el Reino no es la negación de su vida, sino la afirmación más completa de su dignidad, la plenitud de su existencia en relación con Dios y con los hermanos. Cuando descubrimos los estragos que en la humanidad han ocasionado, la codicia, la ambición, el ansia de poder y demás ídolos, tenemos que cuidarnos en no caer en esa tentación. Hay muchas personas que alcanzan grandes posiciones sociales, políticas, artísticas, etc., pero más allá de esos logros viven frustradas, esclavizadas del dinero, de la fama, del poder, con sus familias destruidas y desintegradas en su núcleo interior.

Y cuando comprendemos el valor de la justicia, la fraternidad, la solidaridad, el servicio y los demás valores propuestos por Jesús, entonces necesariamente tenemos que arriesgarnos a dedicar todas nuestras fuerzas, para hacer parte de los Bienaventurados del Reino de Dios. Para permitir que únicamente Él sea el absoluto de nuestra vida y, a partir de allí, despleguemos nuestra vida familiar, laboral, ciudadana, nuestras relaciones interpersonales, nuestras opciones vitales.

Esta es una propuesta exigente; sin embargo, el énfasis no está tanto en la renuncia o en la heroicidad del luchador como en la alegría que representa el Reino, como la alegría del que encuentra el tesoro escondido en el campo, que vende todo con la ilusión de conseguir eso más valioso. ¡Lleno de alegría! “Cuando una gran alegría, que supera toda medida, embarga a un hombre, lo arrastra, abarca lo más íntimo, subyuga el sentido. Todo palidece ante el brillo de lo encontrado. Ningún precio parece demasiado elevado. La insensible entrega de lo más precioso se convierte en algo puramente obvio. No es la entrega de los dos hombres de la parábola lo decisivo, sino el motivo de la decisión: el ser subyugados por la grandeza del hallazgo. Así ocurre con el reino de Dios. La Buena Nueva de su llegada subyuga, proporciona una gran alegría, dirige toda la vida a la plenitud de la comunidad con Dios, efectúa la entrega más apasionada”.[1]

Lo más valioso no es la entrega misma sino el motivo de la entrega: El Reino. Esa gran alegría de sabernos amados por Dios, partícipes de su Reino, es la que nos hace capaces de amar como el Señor (Lc 22,27/Mc 10,45/Jn 13,15), con un amor que da sin buscar protagonismos (Mt 6,12), sin acumular tesoros en la tierra, pues somos capaces de compartir (Mt 6,19-21/Lc 12,23) y de servir (Mc 10,35-45). “Dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era alegría” (Rabindranath Tagore).

La propuesta es para todos, pero no todos alcanzan a comprender la grandeza del Reino. Hay personas que no quieren aceptarlo o no comprenden este lenguaje y prefieren seguir otro camino. Así como la red se lanza al lago y pesca todo tipo de peces, pero los peces de “mala calidad” o los que no han alcanzado un buen tamaño se sueltan en el mar, estas personas han de dejarse libres para que cuando llegue su tiempo, acepten la propuesta de Jesús, si quieren.

El Reino no se le debe imponer a nadie, pues dejaría de ser Buena Noticia. El Reino debe ser aceptado libremente para que genere alegría plena. Si hay personas que todavía no quieren comprometerse con el Reino, no tenemos derecho a juzgarlos. Quienes queramos responder a esta exigente, pero alegre noticia, debemos invertir todo cuanto somos y tenemos en la realización de este plan salvífico de Dios para nosotros.

De esta manera reproduciremos, como dice Pablo (Rm 8,28-30 – segunda lectura), los rasgos de Jesús, el primogénito de los Bienaventurados del Reino de Dios. Y la mejor muestra de que de verdad somos fieles seguidores y anunciadores del Reino, la mejor manera para “convencer” a los indecisos de que vale la pena seguir a Jesús y apostarlo todo por Él, es la alegría con que vivimos nosotros, es el gozo y la sonrisa en nuestros labios que nos precede en cada momento de nuestra vida. “Un santo triste, es un triste santo” (Santa Teresa de Ávila).

 

Oración

Señor Jesús, te damos gracias por la riqueza que nos diste: toda tu vida puesta en relación de amor generoso, de servicio desinteresado a los demás. Gracias por ese tesoro maravilloso que nos revelaste con tu Palabra y con tu obra. Te pedimos que no nos dejes desviar de camino, que no nos dejemos dominar por la codicia, la avaricia, los deseos de poder y de aparecer. Danos la fuerza de tu Espíritu para optar radicalmente por la justicia del Reino. Pero que nuestra opción esté inundada de alegría, de fe, de esperanza y alimentada siempre por tu presencia viva.

Que, en nuestros trabajos, en nuestras opciones personales, familiares y comunitarias, busquemos siempre la justicia del Reino: el bien común, la verdad, la equidad, la fraternidad y todo lo que engrandece nuestra vida y le da auténtica alegría y felicidad. Que nuestra más notoria característica como seguidores tuyos sea la alegría con la que amamos y servimos, la felicidad que brota de un corazón lleno de ti, de tu amor, de tu espíritu, de la vida abundante que tú nos das. Amén.

 

[1]JEREMÍAS Joaquín, Interpretación de las parábolas. Verbo Divino. Pamplona 1971. 147-148

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