Lunes, 23 de marzo del 2026
Color: MORADO
- Primera Lectura. Dn 13,1-9.15-17.19-30.33-62: “Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos”.
- Salmo responsorial: 22,1-3a.3b-4.5.6: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”.
- Evangelio. Jn 8,1-11: “El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino”.
“Yo soy la luz del mundo”
La expresión “Yo soy”, en Juan 8,12-20, es una afirmación de identidad divina y misión salvadora: Jesús se presenta como la “luz del mundo”, retomando el lenguaje con el que Dios se reveló en el Antiguo Testamento, y mostrando que en Él se cumple la presencia de Dios que guía, ilumina y salva.
En el Antiguo Testamento, cuando Moisés pregunta el nombre de Dios, Él responde: “Yo soy el que soy” (Éxodo 3,14).
Esta fórmula expresa la existencia eterna y la presencia activa de Dios en la historia.
En el Evangelio de Juan, Jesús retoma esa expresión varias veces (“Yo soy el pan de vida”, “Yo soy la puerta”, “Yo soy el buen pastor”, “Yo soy la resurrección y la vida”), revelando que su identidad está íntimamente unida al Padre. Jesús es Dios.
Frente a los fariseos que dudan de su testimonio, Jesús afirma que su autoridad proviene del Padre, y que su misión es iluminar el camino de quienes lo siguen.
En la oración, al reconocer el “Yo soy” de Jesús es abrirnos a su presencia viva, que ilumina nuestras decisiones y sana nuestras heridas.
En la vida comunitaria, el aceptar que Cristo es la luz, nos invita a caminar juntos, como iglesia viva, como hermanos de Jesús e hijos de Dios, perdonándonos y reconciliándonos.
Jesús proclama: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8,12).
Este anuncio nos recuerda que la oración es el espacio donde esa luz se enciende en nuestro interior. Cuando nos detenemos a orar, abrimos la puerta para que Cristo ilumine nuestras sombras: resentimientos, heridas, rencores. La oración no es solo pedir, sino dejar que la luz de Dios nos transforme.
Los fariseos cuestionan a Jesús, dudan de su testimonio. Él responde que su verdad viene del Padre. En la oración, también nosotros aprendemos a escuchar esa verdad que no depende de argumentos humanos, sino de la voz del Espíritu. Orar es entrar en la presencia del Padre, donde se nos revela que somos amados y llamados a vivir en comunión.
En el Padre Nuestro decimos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
La oración nos recuerda que no podemos pedir perdón sin estar dispuestos a darlo. La luz de Cristo nos muestra que el resentimiento es una tiniebla que nos encierra, mientras que el perdón abre caminos de reconciliación. Orar nos da la fuerza para soltar la ofensa y mirar al hermano con ojos nuevos
“No camina en tinieblas”. Mediante la luz de Cristo se puede triunfar sobre todo lo oscuro que cada uno lleva en sí mismo. Tan sólo conocemos una pequeña parte de nosotros mismos. Y a cada momento nuestros actos responden a impulsos que no controlamos y que provienen de nuestro temperamento y nuestra naturaleza. Nos animan buenas intenciones y tenemos un corazón “limpio” (por lo menos así lo creemos). Y no vemos que en realidad obedecemos a los “llamados de la carne y de la sangre”. Pero si vivimos en la luz, esta luz invadirá poco a poco hasta los últimos rincones de nuestro ser.
Señor Jesús, que tu Nombre sobre todo Nombre dado a los hombres, esté siempre en nuestros labios. Danos la valentía para proclamarte en todo momento y lugar, pues sólo Tú, Señor, eres la presencia de Dios en medio de nosotros, la luz que ilumina nuestras vidas y el fundamento de nuestra esperanza y unidad.
(Guía Litúrgica)
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hi
Deseo leer laso moniciones porque me hace entender mejor las lecturas gracias
Puedo recibir diaria mente la palabra diría?
Quisiera que me mandasen las moniciones de las lecturas del Domingo.



Interesante percatarse de lo que decís aquí: como la comodidad y las pequeñas seguridades pueden anestesiar el corazón olvidando las…