Homilía: XVII Semana. Tiempo Ordinario. 28 de julio del 2026
Martes, 28 de julio del 2026
Color: VERDE
- Primera Lectura. Jr 14,17-22: “¿No eres, Señor, Dios nuestro, nuestra esperanza, porque tú lo hiciste todo?”.
- Salmo responsorial: 78,8.9.11 y 13: “Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre”.
- Evangelio. Mt 13,36-43: “El que tenga oídos, que oiga”.
“Del dolor a la esperanza: Un camino de conversión sincera”
La Palabra de hoy nos introduce en un ambiente de dolor, confusión y súplica. El pueblo experimenta las consecuencias de su alejamiento: sufrimiento, vacío y desorientación. No se trata solo de una crisis externa, sino de una herida profunda que llega al alma. En medio de esta realidad, surge una oración sincera: el reconocimiento del pecado, el clamor por misericordia y el retorno de la mirada hacia Dios como única esperanza.
Hay un punto clave en este momento: el pueblo deja de justificarse. Reconoce su responsabilidad, asume su fragilidad y se dirige a Dios con humildad. Ya no busca soluciones en falsos apoyos, sino que regresa a la fuente verdadera. Este paso es fundamental: solo quien reconoce su necesidad puede abrirse a la salvación.
El Salmo recoge este mismo clamor. Es la voz de quien ya no puede sostenerse por sí mismo y se abandona en la misericordia divina. «Líbranos… socórrenos… perdona…» son palabras que nacen de un corazón consciente de que solo Dios puede restaurar lo que está roto.
El Evangelio ilumina esta realidad desde una perspectiva más amplia. Jesús nos explica que el bien y el mal crecen juntos, pero no tendrán el mismo final. Existe un tiempo de espera, de convivencia y de proceso; pero también llegará el momento de la verdad, cuando todo quede al descubierto.
Esto nos invita a vivir con responsabilidad y esperanza. Responsabilidad, porque nuestras decisiones tienen consecuencias reales; esperanza, porque el mal no tiene la última palabra. Dios hará justicia y llevará a plenitud lo que ha sembrado.
En este camino de santidad que recorremos como Iglesia, se nos recuerda que la conversión es constante. No se trata únicamente de evitar el mal, sino de reconocer cuándo nos hemos alejado y volver con sinceridad. La sinodalidad nos ayuda a caminar juntos en este proceso, sosteniéndonos en la debilidad y animándonos a perseverar.
Hoy el Señor nos invita a hacer una pausa interior, a reconocer con humildad aquello que necesita ser sanado en nuestra vida y a no estancarnos en la culpa, sino a dar el paso hacia Él con total confianza.
Porque quien se acerca con un corazón sincero siempre encuentra misericordia. Y quien persevera en el bien —aun conviviendo con la dificultad— terminará brillando con la luz que viene de Dios.
(Guía Litúrgica)
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