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Homilías

Homilía: El pan que da vida

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La gente que busca a Jesús al día siguiente de la multiplicación de los panes no lo busca por lo que dijo, sino por lo que comió. Y Jesús se lo dice a la cara, sin rodeos: «me buscáis porque os habéis saciado de pan».

Podría habernos ahorrado la incomodidad. No lo hace. Porque quiere llevarlos —llevarnos— de un hambre a otra.

Dos hambres

Está el hambre del estómago, que es real, urgente y sagrada. Jesús nunca la despreció: dio de comer a cinco mil personas antes de hablarles de nada. Quien tiene hambre no necesita primero un sermón.

Pero está también otra hambre, que no se calma con nada de lo que ofrece el mercado. Es esa inquietud que aparece cuando ya tenemos lo que queríamos y seguimos vacíos. San Agustín le puso nombre hace mil seiscientos años: nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

«Yo soy el pan de vida»

Jesús no dice «yo doy el pan». Dice «yo soy». No viene a repartir un producto: viene a entregarse Él mismo.

Eso escandalizó a sus oyentes y sigue escandalizando. Es más cómodo un Jesús que resuelve problemas que un Jesús que se ofrece como alimento y luego pregunta si queremos quedarnos.

Lo que la Eucaristía nos compromete

Cada domingo recibimos ese pan. Y aquí conviene ser honestos: no se puede comulgar con el Cuerpo de Cristo y desentenderse del cuerpo del hermano. La misma comunidad que se acerca al altar tiene al lado familias que no llegan a fin de mes, ancianos que no ven a nadie en toda la semana, jóvenes sin trabajo.

Un cristiano que sale de misa y no mira a nadie ha recibido el pan pero no ha entendido el gesto.

Esta semana

  • Comulgar con conciencia: preguntarme a quién recibo, no solo qué recibo.
  • Un gesto concreto de pan compartido: una visita, una compra, una llamada.

Porque el pan de vida no se guarda. Se parte y se reparte. Como Él.

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