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Homilías

Homilía: XXI Semana.  Tiempo Ordinario.  27 de agosto del 2026

Domingo Vasquez Morales

Santa Mónica

Color: BLANCO

  • Primera Lectura. 1Cor 1,1-9: “La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con ustedes”.
  • Salmo responsorial: 144,2-3.4-5.6-7: “Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey”.
  • Evangelio. Mt 24,42-51: “Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor”.

XXII Domingo.  Tiempo Ordinario. Ciclo A. 30 de agosto del 2026

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De origen bereber, Santa Mónica nació en Tagaste, actual Souk-Aharas, Argelia, el año 332. Después de recibir el bautismo en plena juventud, según la costumbre de la época, se sintió cada vez más inclinada a la vida de oración. A ella hubiera querido consagrar su existencia, pero sus padres la desposaron con Patricio, que además de ser pagano y mucho mayor que ella, nunca la respetó, sino que le infligió gravísimo maltrato durante treinta años.

Mónica acudía a misa diariamente y sobrellevaba los constantes atropellos con heroica paciencia. No queriendo exasperarlo en modo alguno, guardaba silencio o respondía con dulzura mostrando su buen carácter cuando la situación se tornaba insostenible.

Poco a poco, y a fuerza de dar testimonio con su vida, amparada en el amor de Dios, con oración y sacrificios fue venciendo la dureza del corazón de su esposo y se produjo lo que parecía un imposible: su conversión al cristianismo. Patricio se bautizó el año 371. Ella logró con sus oraciones y sus lágrimas la conversión de su hijo Agustín.

A lo largo de los siglos, miles han encomendado a Santa Mónica a sus familiares más queridos y han conseguido conversiones admirables.

De manera semejante, la parábola del Evangelio nos presenta una enseñanza muy contundente: permanecer en vela porque no sabemos el día en que vendrá nuestro Señor, y ser fieles, cumpliendo lo que Él nos ha encomendado. Como ese criado al que su amo le encarga tareas específicas, cada uno de nosotros sabe la misión que el Señor le ha confiado.

Esta preparación la tuvo Santa Mónica toda su vida, para llegar a decir a Agustín: “Hijo, ya nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y te has consagrado a su servicio”. Poco tiempo después, en el año 387, murió en Ostia Tiberina cuando Agustín estaba a punto de partir a África; él aseguraba que su madre le había engendrado dos veces.

(Guía Litúrgica)

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