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Homilías

Homilía: XX Semana.  Tiempo Ordinario.  22 de agosto del 2026

Domingo Vasquez Morales

Color: BLANCO

  • Primera Lectura. Ez 43,1-7a: “La visión que tuve era como la visión que había contemplado cuando vino a destruir la ciudad”.
  • Salmo responsorial: 84,9ab-10.11-12.13-14: “La gloria del Señor habitará en nuestra tierra”.
  • Evangelio. Mt 23,1-12: “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

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Ocho días después de la solemnidad de su Asunción al cielo, la liturgia nos invita a venerar a la Santísima Virgen María con el título de «Reina». Contemplamos a la Madre de Cristo coronada por su Hijo —asociada a su realeza universal—, tal como la representan numerosos mosaicos y pinturas. Esta visión de la Virgen María Reina encuentra una confirmación significativa en el Evangelio, donde Jesús afirma: «Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos» (Lc 13, 30).

La Virgen es el ejemplo perfecto de esta verdad evangélica: Dios derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes (cf. Lc 1, 52). Por ello, María se consolida como uno de nuestros más puros modelos de santidad.

Aunque la devoción a su realeza es antigua, su memoria litúrgica es de institución reciente: fue establecida por el venerable Pío XII en 1954, al término del Año Mariano, e inicialmente fijada para el 31 de mayo (cf. Carta enc. Ad caeli Reginam, 11 de octubre de 1954). En aquella ocasión, el Papa afirmó que María es Reina por encima de cualquier otra criatura debido a la elevación de su alma y a la excelencia de los dones recibidos. Desde esta dignidad, ella nunca deja de dispensar los tesoros de su amor y cuidado a la humanidad.

Este es el fundamento de la festividad: María es Reina porque estuvo asociada a su Hijo de un modo único, tanto en su peregrinar terreno como en la gloria del cielo. Como recordaba san Pablo VI en la exhortación apostólica Marialis cultus: «En la Virgen María todo está referido a Cristo y todo depende de Él: en función de Él, Dios Padre la eligió desde la eternidad como Madre toda santa y la adornó con dones del Espíritu Santo concedidos a ninguna otra criatura» (n. 25).

Tras la reforma posconciliar del calendario litúrgico, la memoria se trasladó al octavo día posterior a la Asunción para destacar la íntima relación entre la realeza de María y su glorificación en cuerpo y alma junto a su Hijo. A este respecto, la constitución dogmática Lumen gentium (n. 59) del Concilio Vaticano II señala: «María fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente con su Hijo».

¡Qué gran gozo es invocar a nuestra Madre como «Reina del Cielo», ella que profetizó: «Me llamarán bienaventurada todas las generaciones»! Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros y concédenos tu amor.

(Guía Litúrgica)

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