Color: VERDE

  • Primera lectura: Is 58,7-10: Entonces brillará tu luz como el amanecer…
  • Salmo Responsorial: 111: Brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo.
  • Segunda lectura: 1Cor 2,1-5: Me presenté débil, temeroso, temblando de miedo.
  • Evangelio: Mt 5,13-16: Ustedes son la sal de la tierra… la luz del mundo.

Neptalí Díaz Villán

Este fragmento de Mateo que compartimos hoy, hace parte del discurso de las Bienaventuranzas que empezamos a leer hace 8 días. Recordemos que el Evangelio de Mateo surge, como los demás evangelios, en el seno de una comunidad cristiana que camina con Jesús y experimenta la salvación, así como las inquietudes propias y las preocupaciones de los seres humanos. Se trata de una comunidad judeocristiana inserta en un mundo no judío, que siente el reto de dar testimonio de su fe y de abrirse a ellos para atraerlos al camino de Jesús. Ese proceso de apertura lo vive en medio de expectativas, miedos, esperanzas, debilidades y fortalezas.

La sal en la cultura judía antigua tenía múltiples aplicaciones y múltiples significados. Entre las aplicaciones más prácticas estaban la de conservar los alimentos. Se trata pues de un símbolo de anticorrupción. Algunas veces, los pastores la empleaban para recoger el rebaño. Las ovejitas pastaban sueltas durante el día, bajo el cuidado del pastor y, ya por la tarde, el cuidador las llamaba y les ofrecía la sal y el agua, la cual era muy apetecida por ellas, por esto es símbolo de unidad, de reunión. En las fogatas era utilizada para encender, dar color y mantener el fuego de los hornos de la tierra; universalmente era y es utilizada para dar sabor a los alimentos. Es símbolo, por lo tanto, de despertar el sabor a la vida.

En el Primer Testamento la sal era el símbolo de la permanencia en la Alianza. En los sacrificios que se hacían en el Templo mezclaban un puñado de sal, para significar que ese sacrificio era según la antigua Alianza que se perpetuaba en el tiempo. “En toda ofrenda que presentes, pondrás sal, pues así como la alianza con tu Dios es alianza de sal, también estará la sal en tus ofrendas: todas serán saladas” (Lev 2,13). “Toda lo que se haya reservado de las ofrendas que hagan los israelitas a Yavé será considerado como partes santas; te las doy a ti, a tus hijos y a tus hijas: es una ley perpetua. Es una alianza eterna por la sal ante Yavé para ti y para toda tu descendencia contigo” (Nun 18,19).

El Evangelio expresa la misión de los creyentes: ser sal de la tierra. Ésta es una invitación a decirle un no rotundo a la corrupción, a buscar continuamente la unidad; es un llamado a mantener siempre viva la llama de la esperanza, la búsqueda de sentido de la vida, de lo sabroso de la vida, en medio de las amarguras por las que tenemos que pasar los seres humanos. Se trata de una responsabilidad muy grande porque depende de ellos que la Nueva Alianza sellada con la sangre de Jesús, se extinga o se extienda.

Toda persona y todo grupo humano guarda dentro de sí toda una dinámica, una fuerza riquísima que puede ponerse al servicio de la vida, del Reino de Dios, de una humanidad nueva. Pero como todo lo que existe, como todo lo humano, como todo lo bueno, de no ser aprovechado a tiempo, se daña y pierde su sentido. Las oportunidades que no se aprovechan, se esfuman. Esa es una realidad.

Esa identidad, esa razón de ser del seguidor de Jesús, de una comunidad cristiana perderá el sentido y se convertirá en una tontería si el creyente no actúa a cabalidad y en coherencia. Como la sal que ya no es salada, que ha perdido su sabor. “Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué la salarán? Ya no sirve para nada, sino para tirarla al suelo y que la pise la gente”.

¿Qué sentido tiene un creyente que no vive su identidad cristiana? Sería mejor que fuera honesto consigo mimo y con los demás y se declarara agnóstico o ateo. Más vale un ateo convencido que un “creyente” mediocre. Un “creyente” mediocre es como la sal que ya no sala, que no sirve para nada, sino para que la gente la pise, para hacer bulto, para hacer estorbo.

Esto parece muy exigente y, tal vez,  hasta cruel. Además, porque ¿cómo haríamos para medir el grado de compromiso de una persona o de una comunidad cristiana? Podríamos caer en el fundamentalismo cristiano si fuéramos a medir el grado de compromiso con algún rasero particular. Esto vale para una evaluación a nivel personal, familiar y comunitario – eclesial. Recordemos además, que no se trata de una obligación para todo el mundo. Jesús lanza una propuesta de vida para ser asumida con libertad por quien quiera seguir sus pasos. Pero aquél que libremente quiera seguir sus pasos debe evaluar constantemente si está siendo consecuente con su identidad cristiana. Vale la pena que miremos concienzudamente ¿Estamos siendo sal de la tierra o estamos desperdiciando la riqueza que tenemos dentro? ¿Me siento co-responsable como cristiano y como miembro de una comunidad en la construcción de la justicia del Reino?

La luz disipa las tinieblas, ilumina, orienta a las personas, deja ver el peligro y las oportunidades, lo bueno y lo malo. En el Primer Testamento se aplicaba a la ciudad de Jerusalén y especialmente al templo como centro religioso y exponente de la santidad. “Levántate y brilla (Jerusalén), que ha llegado tu luz y la gloria de Yavé amaneció sobre ti…” (Is 60,1).

Pero resulta que a partir de Jesús, el centro de la vida religiosa no es la ciudad ni el templo. Como bien lo relatan diversos testimonios del Nuevo Testamento, ahora somos nosotros la morada de Dios, Él ha puesto su tienda entre nosotros… (Jn 1,14; Ap 21,3…). Ya no hay ciudad santa, ni un templo que sirva como centro religioso y como lugar privilegiado para la manifestación de Dios. Por eso, no es muy propio llamar con títulos de santidad a personas, lugares, o ciudades especiales: el Santo Padre, La Santa Sede, el Santo Oficio, La Santa Inquisición, etc., eso no es evangélico. Dice Pablo que nosotros somos templos del Espíritu (1Cor 3,16; 6,19). El lugar privilegiado donde mora y se manifiesta la luz de Dios es la persona humana, el grupo humano que escucha su Palabra y la pone por obra y que construye la justicia del Reino.

El primer testamento emplea esta metáfora también para hacer referencia a Dios, quien ilumina la vida de las personas y para dar una tarea a los profetas y especialmente, al Mesías. Los profetas deben despertar la conciencia del pueblo, hacer una lectura de la realidad, ayudar a ver los signos de los tiempos, denunciar y anunciar, hacer ver los peligros y las oportunidades de la vida, las infidelidades, los errores del pueblo y la fidelidad de Dios. El Mesías tiene la tarea especial de ser luz de las naciones: “Yo, Yavé, te he llamado para cumplir mi justicia, te he formado y tomado de la mano, te he destinado para que unas a mi pueblo y seas luz para todas las naciones” (Is 42,6).

Así que el cristiano, como seguidor de Jesús, en su familia y su comunidad debe ser luz, tiene la tarea profética de anunciar y denunciar, de ser testimonio de vida para la comunidad. No se trata de buscar protagonismos inmaduros y de acaparar la atención de los medios sino, en medio de la pequeñez, como la levadura en medio de la masa, como el granito de mostaza (Mt 13,31-33), ser luz del mundo, que muchas veces vive en la oscuridad, sufre innecesariamente y desconoce que hay caminos siempre nuevos de salvación. La Iglesia no debe buscar protagonismos y menos para ganar alabanzas y conservar o adquirir privilegios, pero tampoco se debe ocultar:

“No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y nadie enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se pone en la repisa, para que alumbre a todos los que están en la casa”. Como la persona y la comunidad cristiana son la morada de Dios por excelencia, tienen que manifestarlo con sus obras, con su compromiso ético, cívico, religioso, con la grandeza humana que vivió Jesús.

La comunidad cristiana, debe evitar tanto los protagonismos exagerados como la imposición exclusivista y arrogante de su verdad, el fundamentalismo proselitista que polariza la humanidad y enfrenta inútilmente a miembros de un mismo pueblo, de una misma familia. Pero no puede ser un círculo cerrado; debe hacerse visible, en calidad de testigo de la obra de Dios en su vida.

“Así debe brillar su luz ante los hombres, a fin de que vean el bien que ustedes hacen y glorifiquen a su Padre que está en el cielo.” Quienes no han conocido la obra de Dios, quienes no hacen parte de la comunidad cristiana y quienes llevan una tibia religiosidad, deben descubrir que sí es posible y que vale la pena seguir a Jesús, tomar el Evangelio en serio y permitir que Dios ponga su morada entre nosotros.

En vez de entrar en discusiones anodinas lo que se debe imponer en los seguidores de Jesús son las buenas obras. Que todo el mundo vea las buenas obras de los seguidores de Jesús y descubran que algo tiene esa gente, que hay algo que los impulsa a actuar así y no es otra cosa que la acción de Dios Padre en su vida. Que glorifiquen al Padre que está en el cielo.

Esto de llamar a Dios Padre es muy importante. Porque Jesús nos ha comunicado que Dios es fundamentalmente Padre, es decir, dador de vida. Y que el ser humano recibirá esa vida en la medida que se abra a su amor y esté dispuesto a comunicarlo a los demás. Y cuando Jesús habla de vida, hace referencia a una vida verdadera, a una vida digna, en condiciones de libertad, de alegría, de felicidad, de plenitud, vida en abundancia (Jn 10,10).

De manera que ser Sal y Luz, es la tarea del seguidor de Jesús. ¿Estamos haciendo vida ese encargo? ¿Expresamos la fe integrados al proyecto de Jesús a través de nuestro testimonio, de las buenas obras? ¿Tenemos una conciencia plena de nuestro compromiso de justicia y solidaridad entre los seres humanos de nuestro tiempo?

Vale la pena ver una realidad: en ocasiones, como creyentes y como Iglesia, en vez de ser sal y luz, nos hemos convertido en aves de mal agüero, en aguafiestas y oscuridad. Hay que reconocer que el mal también se hace presente en nuestras vidas, que el pecado habita en nosotros y hace sus estragos. Mucha gente rechaza la Iglesia, no precisamente como persecución por causa de la justicia, sino por los pecados ocultados, por complicidad con la injusticia, por la confabulación con regímenes perversos, por la falta de renovación, en otras palabras, porque no ha sabido ser sal y luz de la tierra.

Con un profundo amor por el camino de Jesús, por la Iglesia, es preciso evaluar y descubrir las cosas bellas que tenemos, la gran responsabilidad, así como nuestro propio pecado, nuestra propia oscuridad. El auténtico amor no es el que oculta el mal y se hace cómplice de él, sino el que lo enfrenta con respeto y valentía, para buscar alternativas de cambio, de manera que como Iglesia y en humildad, seamos sal de la tierra y luz del mundo.

Oh Padre, fuente de amor, de alegría y de felicidad. Te damos gracias porque siempre nos comunicas vida en abundancia. Te pedimos perdón por la oscuridad de nuestra vida como seguidores de Jesús y como Iglesia, porque en ocasiones no hemos sido sal y luz de la tierra. Porque a veces nos hemos encerrado en nosotros mismos y hemos dejado que la sal pierda su sabor; porque a veces nos quejamos (de) que nos va mal, (de) que no tenemos éxito, (de) que hemos sido de malas en el amor, en los negocios, en los trabajos, en el estudio, en tantas cosas, pero no nos damos cuenta de que hemos desaprovechado tantas oportunidades en la vida, que la sal se ha vuelto sosa en nuestros aposentos, que la luz la hemos puesto debajo de la mesa… perdón porque a veces nuestros miedos, nuestros temores, nuestras oscuridades no nos han dejado ver las grandes oportunidades que tenemos, las grandes cualidades que nos has dado, toda la multiforme gracia que nos das a manos llenas.

Por eso hoy nos abrimos de nuevo a tu amor, para que nos renueves, nos reconcilies, nos purifiques, nos hagas nuevas criaturas. Nos abrimos a tu Espíritu para que nos hagas ver todas las cosas bellas que tenemos dentro, de manera que las aprovechemos al máximo, nos gloriemos en ser tus hijos, vivamos en libertad, alegría, dignidad y felicidad, y demos testimonio de tu obra en nosotros.

Te entregamos nuestra vida personal, nuestras familias y comunidades. Te pedimos que con tu ayuda generosa y nuestra disponibilidad, logremos ser sal de la tierra y luz del mundo, para que vean nuestras buenas obras y te den gloria. Que hagamos realidad entre nosotros la justicia del Reino, que nos gocemos en ser tus hijos y en vivir continuamente recibiendo de ti la vida abundante. Que demos testimonio de tu amor generoso, ese amor que nos comunicó Jesús, tu hijo muy amado, que vive y hace vivir, por los siglos de los siglos. Amén.

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