Color: VERDE

  • Primera lectura: Sof 2,3;3,12-13: Ese resto de Israel, los humildes… serán su rebaño.
  • Salmo Responsorial: 145,7-10: El Señor liberta a los cautivos.
  • Segunda lectura: 1Cor 1,26-31: El que quiera gloriarse, se gloríe del Señor.
  • Evangelio: Mt 5,1-12: Subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se le acercaron.

Neptalí Díaz Villán

El título de la presente reflexión no es latín, griego o arameo. Se trata de una memotecnia que ayuda a recordar las ocho Bienaventuranzas presentes en la introducción del sermón del Monte: Po-lloma-ham mi-li pa-pé: pobres, lloran, mansos, hambrientos, misericordiosos, limpios, pacíficos y perseguidos.

La bienaventuranza, para el ser humano, es el objetivo central del Reinado de Dios. El Evangelio habla de la bienaventuranza como la plenitud de la vida, la realización total del ser humano o la máxima expresión de la felicidad. Una persona que hace presente el Reino de Dios es feliz, vive la bienaventuranza.

La bienaventuranza implica una vida placentera y satisfactoria para el ser humano, mas no se equipara al placer y menos al placer egoísta y narcisista que conduce a la patología del bienestar y del goce como único sentido de la existencia. La bienaventuranza trae consigo el logro de metas personales o comunitarias, mas no equivale al llamado éxito individual que promociona y defiende la sociedad postmoderna. Menos cuando se equipara el éxito a la acumulación de capital por encima de intereses humanos y comunitarios, en base de la explotación a mucha gente que sufre los estragos de ciertos “hombres exitosos”.

Y lo malo no es el éxito personal, el logro de las metas individuales o la riqueza en sí. Lo que causa el caos es la búsqueda insaciable del éxito personal y económico. El sacrificio de la dignidad de mucha gente, y de otras dimensiones humanas, cuando se maximiza la riqueza como meta última de la vida.

Hoy vivimos en la cultura de la maximización de la riqueza, del confort, de lo rápido, de lo fácil, de lo ligero (de lo light). Lo que vale es estar bien, al menor precio y con el menor esfuerzo. El hombre light es incapaz de arriesgarse, de comprometerse a realizar un proyecto que valga el esfuerzo y vive desvinculado de Dios y de los demás seres humanos. Es alguien que busca el éxito personal por encima de todo y para su satisfacción personal; y para esto se vale de todo, hasta de la fe.

En cuestiones religiosas, el hombre light convierte la fe en Jesús, en una religión de mercado. Promociona la música de alabanza sin algún contenido profundo, las predicaciones sensibleras y las imágenes de Jesús, María o de los santos con atribuciones mágico-religiosas. Explota al máximo el sentimiento de los “clientes”, les calienta el corazón y reduce su capacidad de crítica; es incapaz de vincularse a procesos que comprometan su vida y pongan en riesgo sus seguridades. El hombre light es un ser débil e incapaz de enfrentar la vida tal como es y su propia mediocridad humana.

En medio de toda esta danza de las máscaras que ocultan la pesadilla humana, sustentada por un proyecto ególatra, el Evangelio de hoy presenta el anuncio de Jesús y su propuesta de salvación. Dice Mateo, que Jesús subió al monte, se sentó y sus discípulos se le acercaron. El monte es un lugar teológico que significa el encuentro con Dios y la revelación de su proyecto de salvación, de su nueva Ley, como otrora se había revelado en el Sinaí por medio de Moisés.

Jesús se sentó como lo hacían los maestros cuando enseñaban. Aquí se hace la diferenciación entre la gran muchedumbre que lo buscaba para que le hiciera algún milagro y los discípulos, que superan esa religiosidad primaria y mendicante, se acercan y se sientan junto a él para escuchar su mensaje. Nosotros también podríamos quedarnos en el plano de la muchedumbre que va tras de Jesús en busca de un milagro personal o podríamos acercarnos más a Él, escuchar atentamente su mensaje y convertirnos en sus discípulos.

Veamos cada una de las ocho bienaventuranzas de una manera muy sucinta: Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. Ésta no es una invitación a aceptar la miseria y el sufrimiento como valores máximos de la vida, ni a dejarnos engañar del cuento de que en la otra vida vamos a gozar si en ésta somos pobres. Hay que tener mucho cuidado con la forma como las biblias traducen esta bienaventuranza. No son los que tienen un espíritu pobre, ni los pobres de espíritu, sino los pobres en el espíritu. Un pobre en el espíritu no es un hombre mediocre, sin ilusiones ni visión de la vida; es aquel que no pone su felicidad en el tener, en poder o en el consumir, sino en sí mismo y en su relación con Dios y con los hermanos. Esta persona descubre cada día la riqueza de la vida, vive en condiciones dignas y trabaja para que todos lo hagan dignamente.

El pobre en el espíritu toma conciencia de su condición de criatura, comprende que no es perfecto y que siempre necesitará de la ayuda de Dios y de la compañía de otros seres humanos con quienes se identifica. Valora a las personas no por su fama, poder o influencia, sino por lo que son: seres humanos.

Como decía el Cardenal Pironio: “El pobre en el espíritu no es tanto el que no tiene sino el que no retiene”. En palabras de Carlos Vallés: “el pobre en el espíritu deja a Dios ser Dios y acepta humildemente su condición de criatura, condición que comparte con todos los seres”. Es quien ha sabido optar por el ser y no por el tener; por el servicio y no por el poder; por la vida y su dignificación por encima de las apariencias y los ropajes engañosos; quien ha escogido la parte mejor, como dijo Jesús de María, la hermana de Lázaro (Lc 10,42). Es quien ha hecho una opción fundamental por aquellos valores que nos conducen la auténtica humanidad, a la auténtica felicidad.

Bienaventurados los que lloran porque serán consolados. Si no comprendemos el sentido de las bienaventuranzas, las rechazaremos o las aceptaremos de forma equivocada y conseguiremos un efecto contrario al que ellas buscan. ¿Por qué felices los que lloran? ¿No será que son más felices los que ríen?

Nuestra sociedad se ha especializado en ocultar el dolor personal y social más allá de lo necesario. Esta bienaventuranza invita primero a descarnar aquellas lepras personales, familiares y sociales, para que se pueda sentir el dolor, llorar y actuar frente a ellas. Lo peor es acostumbrarnos al mal y que éste, en cualquiera de sus manifestaciones, deje de despertarnos dolor, aflicción y llanto, porque esto indica que aquél que vive sumergido en el mal ha perdido sus esperanzas. Y cuando perdemos las esperanzas, estamos perdidos.

Ante cualquier situación dolorosa vale la pena saber que alguien nos escucha y que si lloramos, seremos consolados. El llanto es la exteriorización del dolor y la aflicción que se manifiesta. Llorar es reconocer la vulnerabilidad humana ante el poder del mal y la impotencia humana ante la realidad de las fuerzas malignas internas o externas.

Quien llora exterioriza todo su dolor, se libera de lo que aprieta su corazón y puede así ver la vida con nuevos ojos. Quien llora espera ser consolado y acompañado por alguien. En nuestro caso, como personas de fe, confiamos en ser escuchados por Dios. Ésta es la catarsis del creyente que exterioriza un sentimiento y mantiene viva la esperanza, porque esa situación no será eterna. Dios escuchará nuestro llanto y bajará a liberarnos como lo hizo con su pueblo esclavizado en Egipto (Ex 3,7-10).

Bienaventurados los apacibles (mansos, pacientes) porque ellos heredarán la tierra. La felicidad no se da a pesar del mal sino en medio del mal. Ante la realidad del mal el ser humano toma varias posturas: se acostumbra, se resigna, se desespera o lo enfrenta con apacibilidad. La mansedumbre o apacibilidad no equivale a pasividad ni aceptación del mal; es resistencia, reacción pacífica y con dominio de sí.

El ser humano apacible enfrenta el mal con serenidad y no se desespera, trabaja con fe y con esperanza y no se abandona en la ira, comprende que en medio del mundo y en su propia vida está la semilla de trigo y también la de cizaña, que crecen juntas y a veces rivalizan. Hace lo posible por quemar la cizaña, almacenar y compartir el buen trigo, pero con serenidad de espíritu y con cuidado porque sabe que de alguna manera, en la humanidad estarán presente estas dos realidades. (Mt 13,24-30). Entiende que la historia está en manos de Dios y que aunque a veces se desvíe, como dice Pablo, al final todo terminará sometido a Cristo, y Cristo, a Dios. Jesús es el hombre manso y humilde de corazón de quien todos podemos recibir ayuda y reposo. (Mt 11,29).

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados. El hambre es vacío; en este caso es un vacío interno que anhela ser llenado por la justicia. La justicia es el fruto y la manifestación más patente del Reinado de Dios; es el hilo conductor de todo el Antiguo Testamento. Por eso es lo que siempre reclaman los profetas: justicia. “¿No saben cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper toda clase de yugo. Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán en tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano…” (Is 58,6ss).

De ahí que Jesús haya dicho una frase que es una especie de síntesis de las Bienaventuranzas: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, que lo demás vendrá por añadidura”. (Mt 6,33). Añadidura aquí significa que viene como consecuencia de. La justicia es la voluntad salvífica de Dios concretizada con la llegada del Reino. Quien vive en el Reino de Dios es un ser humano justo que busca la justicia, como busca la sierva corrientes de agua viva (sal 42). El seguidor de Jesús necesariamente debe tener su misma causa: El Reino de Dios y su justicia.

Bienaventurados los misericordiosos porque obtendrán misericordia. La misericordia atraviesa toda la historia de salvación. Es el atributo más subrayado en el Nuevo Testamento (236 veces). “Bendito sea Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la misericordia, Señor de toda consolación.” (2Cor 1,3-4). Es la actitud que más pide Dios al ser humano: “Quiero misericordia, no sacrificios” (Mt 12,7; Os 6,6; Lc 11,31). La misericordia es la capacidad de meterse en el interior de la otra persona, no para juzgarla y condenarla sino para comprenderla, sentir su dolor y acompañarla en su propia sanación. La misericordia es la forma como ama Dios y por lo tanto, también como ama Jesús. No es el amor de benevolencia y sentimiento sino que es el amor eficaz que busca la miseria del otro. Jesús fue el hombre misericordioso por excelencia. La compasión fue el móvil que lo hizo sanar, predicar, denunciar, proponer, luchar y hasta morir.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Los fariseos se empeñaban en buscar la limpieza, en el estricto cumplimiento de la Ley y evitaban tener contacto con los pecadores y gentiles para no contaminarse. Tenían ritos de purificación, ayunos, diezmos, sacrificios, etc., que debían cumplir estrictamente para hacer parte de la comunidad de los puros, o sea de los fariseos. Jesús desenmascara la falsa pureza de los fariseos (Mt 23) e invita a una pureza de corazón, basada no tanto en leyes y ritos externos. Aquí el corazón no es tanto el músculo que irriga la sangre por todo el cuerpo sino el lugar desde donde brotan los sentimientos humanos, el centro de la vida afectivo-emocional y la conciencia misma.

“Los ciudadanos del Reino deben tender realmente a la santidad interior, libres de pecado, en sinceridad profunda, en rectitud de intención, con toda sencillez”.  El puro de corazón ve a Dios en todas las personas sin excepción, descubre en ellas su dignidad y su grandeza, y las trata con respeto y amor. Ser limpio de corazón nos lleva a jugar limpio con todas las personas como se debe jugar limpio con Dios. El puro de corazón renuncia a toda ambición que atente contra la vida de los demás y contra su propia vida y trabaja para crear un mundo justo, solidario y feliz, en el cual vivan los hijos de Dios.

Bienaventurado los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios.  En medio de esa mentalidad guerrerista de su tiempo, Jesús anunció la bienaventuranza de la paz. Algunas biblias traducen como “los pacíficos”, pero no se trata solamente un actitud pacífica. No es necesariamente la persona de carácter tranquilo, de temperamento apacible, bonachón, que evita la cólera y la violencia. Literalmente serían los pacificadores. Pero, en nuestro contexto suele relacionarse la palabra pacificador también con el guerrero que impone su propia paz con las armas. El general Rito Alejo del Río, con un prontuario criminal bastante grande fue llamado el pacificador (el monstruo) de Urabá. Por eso aquí preferimos traducirla como los que trabajan, los que hacen, los que construyen la paz. No sólo los mediadores en las discordias, sino más allá los difusores, los sembradores de paz.

La paz significa la prosperidad, las buenas relaciones humanas, el derecho y la justicia. En la raíz hebrea, paz significa estar colmado, íntegro, sin que falte nada. Estar en paz es no carecer de lo que se debe tener.

La justicia trae como consecuencia la paz: “La obra de la justicia será la paz y los frutos de la justicia serán la tranquilidad y seguridad para siempre” (Is 32,17). Si hay reconciliación entre dos personas o grupos que se peleaban se forma un camino hacia la paz, pero ésta se logra cuando hay prosperidad, tranquilidad, excelente relación humana, hermandad, derecho y justicia. En otras palabras, el ser humano vive en paz cuando es feliz individual y socialmente. Por eso el saludo de los judíos es Shalom (שלום), es decir, paz.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia… La primera y la última bienaventuranza están en paralelo y formuladas en presente: “porque de ellos es el Reinado de los cielos”. No son promesas, son realidades que se experimentan en el acto. Además, ésta última es la consecuencia lógica de todas las anteriores.

No se trata de ser conflictivos, ni de procurarse la persecución o de hacerse el perseguido para llamar la atención. No es el sufrimiento por el sufrimiento, el martirio por el martirio, la cruz por la cruz. La persecución, el sufrimiento, la cruz de por sí, son rechazadas por todo ser humano. Al mismo Jesús le pasó: “Si es posible, aparta de mí este cáliz de amargura.” La cruz es algo que viene de fuera y que no se acepta de primera mano.

No se trata de  quienes son perseguidos por la justicia por haber cometido delitos o por causa de sus propias irresponsabilidades. Se trata de los perseguidos por causa de la justicia, que en la forma griega como está escrito significa la justa relación con alguien. En este caso es la justa relación con Dios y con los seres humanos. La justa relación con Dios es la fidelidad y la justa relación con los seres humanos es la justicia, la honestidad, la honradez.

La persecución es la consecuencia lógica de la fidelidad al compromiso con la justicia, porque una sociedad estructuralmente injusta necesariamente reaccionará contra quienes no la acepten y, en el colmo, quieran cambiarla. Como no se trata de una persecución cualquiera, Mateo se cuida muy bien de precisarlo cuando añade: “Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias” (Mt 5,12). Se trata, además, de una persecución basada en la calumnia, (con mentiras) y precisamente por defender la causa de Jesús.

De manera que sufrir por ser un verdadero discípulo y apóstol de Jesús es lo más normal: El mundo no soporta el fuego, porque ilumina, pero también quema. Si el evangelio no se ha domesticado, si no se le ha quitado el aguijón, es comprensible que cause molestias, que levante ampollas como las levantó Jesús. Por eso afirmó: “Si el mundo los aborrece, sepan que me aborreció a mi primero que a ustedes” (Jn 15,18). “Los echarán de la sinagoga; pues llega la hora en que todo el que les quite la vida, pensará prestar un servicio a Dios”. (Jn 16,2). Bien lo decía Carlos Mesters: Cuando el evangelio se anuncia cabalmente, se da el conflicto. Es la máxima expresión de fidelidad: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.

Oración

Dios, Padre, fuente de vida, amor, alegría y felicidad. Te damos gracias porque en tu gran misericordia dispusiste un plan de salvación para todos; un camino que conduce irreversiblemente a la plenitud. Te bendecimos, te alabamos, te adoramos desde lo profundo de nuestros corazones. Nos regocijamos en ser tus hijos y nos abrimos a tu gracia para llenarnos de ti y vivir conforme a tu voluntad. Optamos porque tú seas el absoluto de nuestra vida; así nada ni nadie nos quitará la paz y la felicidad que van más allá de los avatares de cada día.

Reconocemos que muchas veces, en nuestro anhelo natural de felicidad, nos hemos desviado de camino. Reconocemos que hemos confundido pequeños gustos y empeños personales, caprichos y satisfacciones que obedecen más vacíos existenciales y a modas impuestas por la sociedad postmoderna, con una auténtica necesidad humana realización y felicidad.

Reconocemos que hemos visto frustradas nuestras aspiraciones, unas veces por las dificultades naturales de la vida, por los cambios en la sociedad, por factores externos a nosotros; otras veces por errores personales, por nuestras opciones equivocadas, por falsas expectativas. Reconocemos que hay experiencias y situaciones difíciles que nos quitan la paz, nos hacen sufrir y, en el extremo, nos envuelven en manto de dolor y tristeza.

Te pedimos que la fuerza de tu Espíritu nos reconcilie, nos integre a la vida, armonice todos nuestros sentimientos y pensamientos, nos de la paz y el perdón. Pedimos que la gracia de tu Espíritu nos de la sabiduría y la fortaleza necesarias para vivir las bienaventuranzas en nuestro día a día. Que más allá de las apariencias, de las amenazas, de las dificultades, de los obstáculos y, contando con nuestra naturaleza humana, podamos construir nuestra auténtica libertad y felicidad. Todo esto te lo presentamos inspirados en la vida y en la palabra de Jesús tu Hijo amado y con la confianza que él nos comunicó en tu amor misericordioso y en tu voluntad salvífica. A ti la gloria y la alabanza por el Hijo en el Espíritu. Amén.

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