Homilía: XIX Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo A. 9 de agosto del 2026
Domingo, 9 de agosto del 2026. III Semana
Color: VERDE
- Primera lectura: 1Re 19,9a.11-13: Sal y Pónte en el monte delante del Señor…
- Salmo Responsorial: 84, 9-14: La justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra…
- Segunda lectura: Rom 9,1-5: Una gran tristeza y un continuo dolor me afligen el corazón.
- Evangelio: Mt 14,22-23: “¡Calma, soy yo: no tengan miedo!”.
«¡Ánimo! Soy yo, no teman»: la fuerza de la oración
En este domingo XIX del tiempo ordinario, las lecturas nos hablan del encuentro con Dios. Son numerosas las ocasiones en que los evangelistas nos recuerdan que Jesús se retiraba a solas a orar. Un gesto vale más que mil palabras: con ello nos enseña la profunda necesidad que tenemos de la oración silenciosa, de ese estar a solas con el Padre, sabiendo que nos ama, nos protege y nos cuida. Sin una vida intensa de oración, nuestra existencia sería como esa barca zarandeada por las olas: desestabilizada por cualquier dificultad, sin raíces, sin rumbo y sin paz. En las tormentas de la vida, con sus afanes, preocupaciones y desalientos, la oración se convierte en el ancla que sostiene nuestra esperanza, fortalece nuestra fe y nos mantiene unidos a Cristo, quien calma nuestros temores y nos guía con seguridad hacia el puerto de la vida eterna.
Quien ora de verdad va alimentando su fe y echando raíces en Dios. La oración le otorga la mirada necesaria para reconocer a Jesús y descubrirlo en todo, incluso en medio de las dificultades, el sufrimiento y las pruebas: «Verdaderamente eres Hijo de Dios». La falta de oración, en cambio, hace que se perciba a Jesús como un «fantasma», alguien lejano o irreal; quien no ora se convierte en un creyente de poca fe, que duda y corre el riesgo de terminar perdiéndola.
Quien trata de manera íntima y familiar con Dios experimenta la seguridad de saberse acompañado y protegido por un amor más fuerte que el dolor y la muerte. Quien no ora se siente solo; quien ora convive con Cristo y experimenta la fuerza de sus palabras: «¡Ánimo! Soy yo, no teman». Es necesario que los cristianos volvamos a descubrir la dicha de la oración. Cristo no quiere siervos, sino amigos que vivan en estrecha intimidad con Él.
Sin embargo, al igual que el profeta Elías, a veces esperamos encontrar a Dios donde no está: en lo extraordinario o en lo espectacular, cuando en realidad Jesús habita en lo cotidiano. Camina con nosotros, sufre con nosotros y se alegra con nosotros; sí, así es.
Señor, permítenos descubrirte a nuestro lado y en el de nuestros hermanos: en la Palabra, en la eucaristía y en la oración.
Iluminados por la gracia de Dios y unidos en íntima comunión con el Corazón de Jesucristo, estamos llamados a mantener una fe firme en Él, nuestra verdadera fortaleza en medio de las adversidades.
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