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Homilías

Homilía: XXVII Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo A. 4 de octubre del 2026

Domingo Vasquez Morales

Color: VERDE

  • Primera lectura: Is 5,1-7: Esperaba justicia y derecho, pero solo ve sangre y dolor.
  • Salmo Responsorial: 79: Restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.
  • Segunda lectura: Filp 4,6-9: Aprecien cuanto haya de verdadero, de noble y justo.
  • Evangelio: Mt 21,33-43: “Se les quitará a ustedes el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Las lecturas de este domingo giran en torno a una misma imagen: la viña del Señor. El profeta Isaías presenta a Dios como un agricultor que prepara con esmero su viña, la cuida, la protege y espera de ella buenos frutos. Sin embargo, en lugar de uvas dulces, encuentra uvas agrias. En el Evangelio, Jesús retoma esta imagen y narra la parábola de los viñadores homicidas, quienes olvidan que la viña no les pertenece y terminan rechazando a los enviados del dueño e incluso a su propio hijo. La enseñanza es clara: Dios nos confía dones, talentos y una misión, pero espera de nosotros frutos de justicia, santidad y amor.

La viña representa, en primer lugar, al pueblo de Dios, pero también la vida de cada uno de nosotros. El Señor nos ha dado mucho: la fe, la familia, la Iglesia, los sacramentos, su Palabra y la gracia de pertenecer a Cristo. La pregunta que hoy resuena en nuestro corazón es: ¿qué frutos está produciendo mi vida? No basta con ocupar un lugar en la Iglesia o llamarnos cristianos; el Señor espera que nuestra fe se traduzca en obras concretas de misericordia, perdón, servicio, honestidad y compromiso con el Evangelio. Una fe que no produce frutos termina siendo estéril.

La parábola denuncia, además, el peligro de apropiarnos de lo que es de Dios. Los viñadores actuaron como si fueran los dueños de la viña, olvidando que solo eran administradores. También nosotros podemos caer en esa tentación cuando vivimos creyendo que todo depende de nosotros o cuando utilizamos los dones recibidos para nuestro beneficio personal y no para el bien de los demás. En la Iglesia, toda autoridad, todo ministerio y todo servicio deben vivirse con humildad, reconociendo que el verdadero dueño de la viña es el Señor y que nosotros somos simples colaboradores de su obra.

San Pablo, en la segunda lectura, nos muestra el camino para producir buenos frutos. Nos invita a no vivir angustiados, sino a presentar nuestras necesidades a Dios con confianza y a llenar nuestra mente de todo lo que es verdadero, noble, justo, puro y digno de alabanza. Un corazón que permanece unido a Cristo mediante la oración y la práctica del bien se convierte en una viña fecunda. Desde esa experiencia nace también el compromiso misionero: quien ha experimentado el amor de Dios siente el deseo de compartirlo con los demás y de trabajar para que el Reino siga dando frutos en el mundo.

Al celebrar esta Eucaristía, pidamos al Señor que haga de nuestra vida una viña fértil. Que no rechacemos a Cristo con nuestra indiferencia o incoherencia, sino que lo recibamos como la piedra angular de nuestra existencia. Y que, como discípulos misioneros, produzcamos frutos abundantes de fe, esperanza y caridad, para que quienes nos encuentren puedan descubrir, a través de nuestro testimonio, la bondad del Dueño de la viña, que nunca deja de cuidar y amar a su pueblo.

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